Opina Radio Clarín
Se están cumpliendo 53 años del golpe de Estado que le deparó al Uruguay la dictadura más cruenta de su historia. Hoy nadie lo celebra, pero ningún ciudadano de la República debe olvidar lo que nos enseñó. La clausura del Parlamento, decretada por el presidente Juan María Bordaberry -en acuerdo con los mandos de las Fuerzas Armadas de la época- enterró la creencia nacional de que ciertas desgracias no iban a sobrevenirle nunca a nuestro Uruguay. La prohibición de toda vida política y el espionaje generalizado de militancias y conciencias, acompañado de métodos delictivos para enfrentar lo que en 1973 quedaba de la guerrilla, completaron el cuadro de horrores que la dictadura infligió a la conciencia ciudadana. Muy por encima de militancias e ideologías, esa deplorable experiencia histórica puso en valor la libertad, que, en años anteriores a 1973, habían cuestionado los extremismos de izquierda y de derecha. A la salida de la dictadura en el año 1985, para todos resultó claro que nada debía apartarnos más de la vigencia del sistema de partidos y alternancia en el poder. Cuarenta y un años después de recuperada, la libertad mantiene su vigencia institucional, y ese es un gran bien. Pero nadie






