Opina Radio Clarín
La guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán empezó el 28 de febrero. Según Donald Trump, una vez muerto el Ayatolah Jameini, el pueblo iba a levantarse contra el régimen y la situación iba a resolverse con un triunfo estadounidense e israelí que iba a conseguirse en pocos días. Nada fue así. El régimen iraní nació y se sostuvo siempre con fuerte base en la religión llevada al grado de fanatismo, hasta tal punto que por eso está calificado como una “teocracia”, lo cual le imprime una singularidad que Donald Trump no tuvo en cuenta: si un grupo institucionalizado cree que su poder le viene directamente de los designios de Dios, no basta con asesinar al líder para que ese grupo se descomponga: máxime si ese Dios es vivido desde el determinismo musulmán. La realidad es que van siete semanas de guerra, una frágil tregua que se pactó por 15 días está venciendo en las próximas horas y Medio Oriente proyecta sobre el mundo la peor crisis que hayamos vivido después que terminó la Segunda Guerra Mundial. Y lo grave no es sólo que el petróleo suba. Aun más grave es que el Estrecho de Ormuz está constantemente amenazado






