Opina Radio Clarín
Hemos asistido en estos días a un intenso cruce de opiniones entre magnates, ingenieros, políticos y especialistas sobre el avance de la inteligencia artificial. Se presagian catástrofes y hasta la extinción de la raza humana. Llegó a decirse que la IA podría acabar con la humanidad antes que Uruguay juegue en el, para entonces remozado Estadio Centenario, el partido inaugural del próximo mundial de fútbol. El reciente debate entre los líderes tecnológicos lo evidencia claramente. Por un lado, figuras como Dario Amodei de Anthropic, Sam Altman de OpenAI, Elon Musk o Satya Nadella piden ralentizar el desarrollo y crear organismos de autorregulación. Por el otro, el presidente estadounidense Donald Trump rechaza los controles argumentando la competencia con China, mientras el director de Meta, Mark Zuckerberg, sostiene que las leyes del mercado, la competencia y los riesgos legales son frenos suficientes para evitar daños. Es muy positivo que la tecnología vaya acompañada de un debate ético. Sin embargo, en esta discusión nos estamos salteando el problema central. Mientas las corporaciones litigan sobre autorregulación y mercado, pasamos por alto la desproporción entre el avance del artificio y la involución humana. Una involución que no solo es cognitiva, tal como advierten psicólogos y





