Opina Radio Clarín
En Melo, un alumno golpea a la maestra con tal impulso que debe intervenir una Inspectora. En el Ministerio de Desarrollo Social –el Mides- muere sin haber sido internado un indigente acuchillado, que había sido examinado por tres sucesivas dotaciones de emergencias móviles. Y en cualquier esquina de barrio, puede aparecer un adolescente herido y hasta un bebé baleado adentro de la casa de los padres. Con esta clase de hechos se van nutriendo los noticieros nuestros de cada día; y a fuerza de repetirse, las desgracias se nos han convertido en el modo natural de mal vivir. A todo esto, la comunicación por redes se ha tornado agresiva y, a veces, insultante y malevolente. La libertad se usa para atacar y ofender, pero no para discutir ideas, iniciativas o soluciones. Y todo esto se nos acumula en un país que, en vez de crecer, disminuye su población, a pesar de haber recibido fuertes oleadas de inmigrantes que nos arrojaron las dictaduras de Venezuela y Cuba. De a uno, cada dato nos parece llevadero, porque el mundo vive en angustia y en sangría inmoral, y en comparación, estamos mejor que muchos. Pero el conjunto nos indica una decadencia. Y acostumbrarnos






