Opina Radio Clarín
El 11 de setiembre de 2001 fue atacado por aviones, y quedó destruido, el World Trade Center de Nueva York. Columnas de humo densas y trágicas se elevaron desde las Torres Gemelas, diciéndole al mundo que Estados Unidos había dejado de ser un territorio inexpugnable. Aquel martes un grupo de atacantes suicidas secuestraron aviones comerciales y los estrellaron contra las Torres Gemelas en Nueva York y contra el Pentágono en Washington, causando la muerte a miles de personas y provocando cambios profundos en la seguridad de los Estados y en los miedos de los pueblos. Cuatro aviones que sobrevolaban el Este de Estados Unidos fueron secuestrados simultáneamente por pequeños grupos de atacantes, que los utilizaron como si fueran misiles y los estrellaron contra edificios que eran emblemáticos en Nueva York y en Washington. Los edificios se incendiaron, dejando atrapadas a los que trabajaban en los pisos superiores y cubriendo la ciudad de humo. En menos de dos horas, los 110 pisos de las Torres Gemelas colapsaron y se convirtieron en peñascos y polvo, mientras un tercer avión destruyó la fachada del Pentágono -la gigantesca sede del ejército estadounidense situada en las afueras de Washington- y un cuarto avión se estrelló





