Opina Radio Clarín
En pocos días el mundo entero estará pendiente del Campeonato Mundial de Fútbol, un deporte que desde hace más de un siglo forma parte del ADN nacional. En 1924, en campos de Colombes, cercanos a París, Uruguay se consagró primer campeón mundial. En 1928 repitió la hazaña en Amsterdam. En 1930 nos consagramos campeones mundiales en nuestro estadio Centenario. Y en 1950 volvimos a ser campeones mundiales, en la gesta de Maracaná. En las primeras dos veces, los campeonatos ganados fueron olímpicos, y por tanto, amateurs. En 1930 y 1950, los campeonatos fueron de fútbol profesional. Pero todos ellos correspondieron a una etapa romántica del balompié, donde el interés por el triunfo no estaba relacionado con plata grande. Hoy todo es diferente: la FIFA ha convertido al fútbol en un negocio mundial, que paga cifras siderales que a veces asustan y otras veces mueven a toda clase de sospechas, de vez en cuando confirmadas por alguna que otra investigación. En verdad, el fútbol nos da para seguirlo como espectáculo, como arte y como lugar común en que nos reencontramos los uruguayos. Sí, los orientales residentes en el territorio nacional se juntan con los que viven cerca, en el Cono Sur,






