En el fin de semana supimos que Julia Paternain había logrado en Tokio un memorable tercer puesto en el Campeonato Mundial de Atletismo de Japón, por lo cual obtuvo la correspondiente medalla de bronce, que la constituyó en la primera uruguaya que ganó una medalla en un Mundial de Atletismo.

Tras correr los 42 kilómetros de la maratón, al llegar a la meta la primera sorprendida con su éxito fue la propia Julia Paternain. Enseguida, se sorprendieron los organizadores, que ni siquiera tenían a mano una bandera uruguaya para colocarla en el podio de los triunfadores. Y de inmediato, nos sorprendimos los uruguayos en general, que hasta hace unas horas no sabíamos de su existencia en el mundo del deporte amateur: el apellido vasco Paternain echó raíces en el Uruguay pero la identidad atlética de Julia era simplemente desconocida.

El éxito merece aplauso y reflexión.

Merece aplauso porque para estar entre las tres primeras corredoras de un Campeonato Mundial de Atletismo, tan luego en la competencia clásica de maratón -y tan luego detrás de una keniata y una etíope- hizo falta que a sus 25 años esté sometida a una disciplina constante y haya cultivado una voluntad sobresalientes.

Todos sabemos que la disciplina y la voluntad son dos virtudes que en el Uruguay hoy no predominan. Por lo cual el aplauso a Julia Paternain debe revestirse con el brillo de la admiración y la aureola del ejemplo, pues necesitamos muchas y muchos cultores de la fuerza de voluntad, como ella.

Y además de aplauso, ese triunfo merece reflexión, porque Julia Paternain nació en México, vivió en Inglaterra y Estados Unidos pero se siente uruguaya, porque es hija de padre uruguayo y madre uruguaya y porque la Constitución la reconoce como ciudadana natural de nuestra República.

La afirmación de la uruguayidad cultivada lejos del suelo oriental no es una excepción. Por necesidades de trabajo y por luchas internas, son muchos los hijos y nietos de connacionales que se sienten uruguayos por tradición, por principios y por ideario. Hay un Uruguay de la diáspora que sostiene su identidad más allá de la distancia, las fronteras y los océanos.

Es que las bases culturales del modo uruguayo de vivir siempre tuvieron semillas y vocación de universalidad. Y por eso, en un mundo conturbado y agresivo, nuestra esencia sensible, abierta y dialoguista no se deja atropellar por las modas de indiferencia ni de fanatismo.

Y eso también está detrás de la honrosa medalla de bronce que ganó el alma uruguaya de Julia Paternain.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.