La muerte de Cacho de la Cruz estremeció sentimientos y concitó la evocación del humor, sano y familiar, con el cual, desde los televisores hogareños, contribuyó a formar generaciones enteras de uruguayos.

Hasta hoy viven en nosotros los ecos de El Show del Mediodía, Cacho Bochinche y regresan personajes como Chichita, el Mago, Julio Pedemonte y Ulises el Infalible, cuya estela evocamos al despedir a Cacho de la Cruz en nuestro editorial del sábado.

Pero su arte no se agotaba en la presencia ante el público. Fue dominante en muchas etapas de la pantalla chica y por eso fue un ícono mayor de la televisión nacional. La personalidad del señor Arturo de la Cruz desbordaba lo que hacía para el público, como muy bien testimonió Rubén Rada al consignar públicamente su gratitud por haberlo descubierto, haberlo lanzado y haberlo acompañado muchas veces como un padre.

El mundo del arte tiene fondos y trasfondos que van mucho más allá del compañerismo en el trabajo. Porque el arte no es sólo un trabajo: es una vocación innata que se desarrolla gracias a una cadena de estímulos y de apoyos.

El mundo de quienes se dirigen al público –entre ellos, nosotros los radiofonistas- se forma con una red de conexiones invisibles pero fuertes, que contribuyen al diseño interior de la personalidad con que cada uno se lanza a la aventura de triunfar o no.

El mundo del arte no es esa comedia de chismes, intrigas y perversiones que se vende en los programas de chimentos. Es el mundo de los sueños entre dos luces, que a toda hora se viven como madrugadas que alimentan las palabras mayores de la Esperanza.

Volver a sentir el arte como fraternidad del espíritu –en vez de identificarlo con mega-shows millonarios y drogadicciones suicidas- es una necesidad de orden público.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.