A la ola diaria de homicidios, hay que responder no sólo con policía sino con la reeducación colectiva de los sentimientos.

Por mucho que nos duela -¡y vaya si nos duele!- en el Uruguay de hoy los homicidios han pasado a ser cosa corriente, de todos y cada uno de los días: tanto, que ya no encabezan los noticieros, que tienen a los asesinatos como un capítulo tan previsible como la cotización de la moneda.

Desgraciadamente, se ha instalado en nuestro país un penoso acostumbramiento a la desgracia. Aceptamos vivir en un Montevideo sucio, nos resignamos a convivir con drogadictos y a esquivar envoltorios callejeros en los que semejantes nuestros duermen desarrapados sin brújula ni horizonte.

Ante esos y otros males mayores, nos habituamos a NO estremecernos. En vez de la humana rebeldía que impulsa y en vez de la noble indignación que empuja, respondemos a la sucesión de brutalidades con una mansedumbre distraída y perezosa que se nos va haciendo costumbre, dejándonos convencer por el argumento de que la violencia es un fenómeno social extendido en el mundo.

Por ese camino, a la desgracia de los crímenes barriales y las miserias callejeras le sumamos la caída de los sentimientos, la pérdida de la sensibilidad y la paralización de la voluntad.

Contándonos que la violencia es un fenómeno, que es social y que es mundial, perdemos de vista que la violencia de las sociedades anida en la comunicación colectiva de valores falseados y modelos aberrantes y en la agresividad de individuos concretos sin educación sentimental.

Por todo eso, para recuperar el Uruguay honorable y pacífico que la Constitución manda, no basta reclamar a la policía, al Ministerio del Interior, a los Fiscales y a los jueces, ni basta tampoco dotarlo de cada vez más presupuesto. Lo que realmente necesitamos es una profunda reeducación, que siente las bases de nuestra conciencia en los principios que deben unirnos por encima de izquierdas y derechas, de ideologías, de sectores y de contraposiciones.

Penosamente, hay núcleos en los cuales la vida humana no vale nada y el amor al prójimo es absolutamente desconocido. En esos núcleos se forma y se reproduce la violencia, la agresión y el crimen.

Para ponerle atajo, hace falta salir de la indolencia y volver a abrazar los ideales humanistas que le dieron personalidad a nuestra Banda Oriental mucho antes de constituirnos en República independiente.

En esa batalla debemos empeñarnos todos, por encima de divergencias y cálculos sectoriales.

Porque es indigno e indignante vivir entre miserias morales.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.