El ciclo de Navidad, Año Nuevo y Reyes se ha unificado bajo el nombre genérico de Fiestas tradicionales.
A su vez, esas Fiestas tradicionales se han convertido en tres semanas dominadas por augurios, compras, brindis, comilonas y grandes libaciones –algunas controladas y otras excesivas y hasta peligrosas.
De alguna manera, el sentimiento festivo sirve para aflojar las tensiones, pensar poco y celebrar la vida en su llaneza inmediata. Y ese es un bien… Es un bien, pero no basta.
Tenemos –en el Uruguay y en el mundo- demasiados problemas, demasiados dramas y demasiadas tragedias, como para transitar las Fiestas con la conciencia limitada a alegrías superficiales.
En el mundo, hay fronteras en que campea el odio y domina el crimen mayor -que es la guerra. En Medio Oriente, en Ucrania, en Armenia, en África, son millones los congéneres que se enfrentan con los dolores y miserias de la infamia. En nuestra América Latina, sigue habiendo dictaduras que expulsan a sus súbditos por política o por hambre, y bien lo sabemos en el Uruguay con la llegada masiva de venezolanos.
Por si fuera poco, a la desgracia de la dictadura chavista, Venezuela agrega un peligro concreto de guerra, por causa del fraude y la tozudez de Maduro en el Palacio de Miraflores y por causa de la insensatez de Trump en la Casa Blanca
Y aquí, en nuestro país, estamos erizados de temas a medio resolver, los cuales reflejan una desorientación de base que recorre a todos los sectores de nuestra sociedad y que se refleja en las atrocidades de nuestra crónica policial y en el progresivo deterioro de nuestra salud mental.
Todo eso debe llamarnos a reflexión en estas horas, de modo que le devolvamos a la Navidad su valor como llamado a serenar el ánimo, amar al prójimo y elevar el espíritu. Ese llamado es religioso para muchos; y es simbólico o filosófico para otros muchos.
Pero por encima de la ladera por la cual se ascienda, ese llamado sigue siendo, por encima de los siglos, una necesidad de orden público, porque las peores desgracias que nos atormentan en economía, en crimen organizado y en masificación sin destino, provienen de que hemos perdido la estrella orientadora del amor al semejante, la voluntad de lucha y la fe en el futuro.
Y eso –amor al semejante, voluntad de lucha y esperanza- es lo que, para todos, simboliza el nacimiento de Jesús, punto de partida desde el cual contamos los siglos, juntos, los creyentes y los no creyentes.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.