En el Uruguay de hoy, es fácil expandir sentimientos de frustración y desesperanza, porque constantemente nos martillan noticias duras, amargas, negativas respecto a las expectativas del porvenir.
Necesitamos mercado interno, pero nuestra población no crece a pesar de que recibimos inmigrantes de Venezuela, Cuba y República Dominicana. Necesitamos exportar, pero nuestro Mercosur sigue chocando con las barreras aduaneras de Europa. Necesitamos educar a las nuevas generaciones, pero en vez de planes pedagógicos a largo plazo, tenemos cambios cada dos o tres años, montados sobre un hervidero de conflictos con los docentes. Y sobre todo, necesitamos paz, pero los homicidios y los femicidios baten año a año los registros del año anterior.
Con todos esos elementos, el Uruguay felicitado desde afuera por su libertad y su democracia, en realidad vive por dentro una democracia triste, agrisada por falta de grandes proyectos nacionales, por falta de metas y por falta de una voluntad levantada hacia metas grandes.
A ese estado de debilidad hemos venido a parar, como consecuencia de someter nuestras mentes al determinismo de los datos económicos en vez de guiarnos por los ideales y las rebeldías que muchas veces nos dieron grandeza a partir del pensar y el actuar de líderes que fueron grandes por lo que pensaron e hicieron, mucho más que por los cargos que ocuparon.
Llevamos medio siglo oyendo que el Uruguay es demasiado chico para salir de la medianía, pero ese pretexto es falso. En nuestros 176.215 kilómetros cuadrados cabe casi seis veces la superficie de Bélgica, que tiene apenas 30.688 -equivalentes a nuestro Departamento de Tacuarembó- y sin embargo ha logrado un desarrollo ejemplar, gracias a que logra impartir una educación ejemplar para sus 12 millones de habitantes.
Por eso y por mucho más razones, no recibamos con resignación los balances pobres en economía y trágicos en crónica policial. Si queremos que la Constitución rija en todo, levantemos la mirada y afirmemos la voluntad, para que el Uruguay sea próspero, seguro y feliz por iniciativa propia, nacida de su pensamiento propio y de su propia voluntad.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.