Desde hace largo tiempo se sabía que Nicolás Maduro no iba a perdurar en el gobierno. Y a medida que avanzó en las persecuciones, a medida que atropelló la libertad y a medida que amañó elecciones prohibiendo candidaturas y ocultando escrutinios electorales, su duración en el gobierno se fue contando por semanas y hasta por días.
En consecuencia, hay que celebrar que Maduro haya caído del trono de dictador que desde el chavismo se fabricó: un trono que el propio Maduro ridiculizó con sus mensajes gruesos, sus amenazas destempladas y sus bailes absurdos, mientras su pueblo se debatía entre la miseria de los millones que se quedaron en Venezuela y los millones que debieron emigrar del suelo de Simón Bolívar.
Dolorosamente, la terquedad del dictador impidió una salida concertada. Dolorosamente también, la falta de consenso y energía de las organizaciones regionales y de la ONU le dejó espacio abierto a una injerencia unilateral del gobierno estadounidense, que en manos del señor Donald Trump carece de frenos y de criterio.
Esa injerencia unilateral merece condena, y el gobierno nacional hizo muy bien en alinearse en su contra.
En todas las épocas ha hecho falta recordar que el fin no justifica los medios. Y en todas las épocas la amarga experiencia histórica ha confirmado que emplear herramientas contrarias al Derecho conduce a perplejidades y callejones sin salida que suman nuevos males a los males que se quiso abolir.
Desde que en el siglo VI nació el Derecho de Gentes, desde que en 1795 Kant clamó por La Paz Perpetua y desde que en 1945 los vencedores de la Segunda Guerra Mundial organizaron las Naciones Unidas, el Derecho Internacional prohibió la intervención extranjera en la conducción de cada nación.
Ese principio, sagrado, está siendo pisoteado por el anuncio de Trump de que “Estados Unidos ‘se hará cargo’ de Venezuela hasta que llegue el momento de hacer una transición”, palabras con las cuales se desconoce el valor y el derecho de las fuerzas opositoras a Maduro para participar en la regeneración institucional de Venezuela.
Y por si fuera poco, el Presidente Trump deja en claro que no entra de la mano de los que combatieron la tiranía de Maduro, sino del brazo de las empresas petroleras, con lo cual confirma que un drama de nuestra época es que en vez de combatir las dictaduras por defender la libertad de las personas y los pueblos, se las combate por intereses… sólo si afectan a esos intereses.
Lo que sucede hoy en Venezuela es una tragedia que a todos nos involucra, porque nos llama, a todos, a vivir en libertad y a repudiar tutelas y patronatos –por mucho que se sientan fuertes los que quieren ser amos del mundo.
Así lo siente y así lo afirma radio Clarín.