En un mundo convulsionado y amenazado, y con una vida nacional que exhibe más discusiones que ideas, en este Día de los Reyes Magos los uruguayos hemos encontrado en los zapatitos un regalo cuyo mérito no debe pasarnos inadvertido: se nos dijo que, con todas las mediciones hechas, tuvimos en 2025 la menor inflación en 24 años: nuestra suba de precios fue de 3,65% -sí, tres con 65 centésimos en todo el año. Es la más baja desde 2001, cuando marcamos 3,59%.
Entre las naciones de Sudamérica que tienen menos inflación, el Uruguay quedó quinto. Es una ubicación muy honrosa, si se tiene en cuenta que logramos ese éxito teniendo al costado a la Argentina, devorada desde hace años por un tsunami inflacionario que superó largamente el 200 % anual, al punto que su gobierno festeja como una gloria haber concluido el año 2025 con una inflación de 31 % anual, es decir, más de ocho veces la que tuvimos en nuestra Banda Oriental.
La comparación da para celebrar, especialmente si se tiene en cuenta que en 2025 se produjo la rotación partidaria que dispuso la ciudadanía en las urnas, lo cual impone reconocer que el mérito de frenar la inflación lo compartieron las dos conducciones, la coalicionista de los anteriores 5 años y la frenteamplista de marzo a diciembre.
Si levantamos la cabeza y miramos al horizonte, se nos impone reconocer algo aun más importante, que es cuán lejos podemos llegar si nos ponemos de acuerdo en fijar metas que consintamos todos y las establezcamos como políticas de Estado, es decir, como líneas de gestión dotadas de permanencia.
Por cierto que nuestra economía necesita mucho más que sujetar el potro de la inflación. Necesitamos inversión que no sea sólo extranjera sino nacional. Y sobre todo, necesitamos coraje, voluntad y apuesta al futuro, de modo de crear una generación de emprendedores que nos hagan crecer, dejando atrás la anemia que nos estanca.
Para eso, hace falta NO sólo medir y publicar los datos de la endeblez que vamos cuerpeando año por año. Hace falta inspirar las sanas ambiciones personales y colectivas de la economía robusta que debemos conseguir. Hace falta inculcar amor por el trabajo digno y el sacrificio sano. Hace falta enriquecer, desde la niñez, el proyecto de persona y el proyecto de pueblo que queremos encarnar. Hace falta revitalizar la esperanza y la pasión por la siembra.
Esas son misiones para las cuales se requiere una filosofía de vida que hace décadas nos viene faltando y que debemos construir entre todos, por encima de cintillos, historia pasada o discrepancias actuales..
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.