El enjuiciamiento al narcotraficante Marset llega en un momento trágico de las noticias internacionales y en una etapa opaca de los diálogos nacionales de interés público.

Marset volvió al primer plano, ahora por su captura, que ha de sepultar su carrera delictiva, pero ha de seguir provocando noticias, a medida que, por la investigación, sepamos cómo lavó dinero y a medida que conozcamos el quién es quién de sus colaboradores, esparcidos entre América, Europa y Asia.

La notoriedad de su figura y la millonada de euros y dólares que manejó NO debe hacernos olvidar que su fortuna la construyó como narcotraficante: es decir, envenenando gente, destruyendo psiquis, enterrando destinos y, además, matando y mandando matar.

A la muchachada sin experiencia ni cultura es fácil vender la imagen de triunfadores de esa calaña, haciéndole endiosar la plata y acostumbrándola a medir todo en términos materiales.

Pero la realidad es cuando estos llamados “zares de la droga” caen en poder de la Justicia, queda a la vista que, por mucho que hayan hecho alarde de poder, cada uno de ellos no deja de ser “un chitrulo refundido”, como muy bien definió “P’al Nene”, el inmortal tango que consagró Edmundo Rivero.

Quienes vivimos del trabajo y quienes respetamos y amamos a quienes viven de su esfuerzo, sentimos repugnancia por la trayectoria de un Marset, sentimos dolor cada vez que se recuerda que es uruguayo y sentimos indignación por haberle facilitado su salida de Dubái entregándole un pasaporte cuyas circunstancias básicas sigue pendientes de aclaración.

Por lo cual, la hora de la notoriedad de Marset debe ser la hora del final de los silencios distraídos y la indignación nacional.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.