Una reciente encuesta de Equipos puso de manifiesto las dificultades y los límites de la vida política nacional. Las cifras del relevamiento confirmaron que una parte importante de la ciudadanía se desinteresa de la militancia y hasta de las noticias, cada vez más dominadas por las desgracias de las crónicas policiales.

En realidad, la encuesta no nos reveló nada que de antemano no supiéramos. Por el contrario: el relevamiento le puso números y porcentajes a una realidad que conocemos: en el Uruguay de hoy, los diálogos de la vida no recaen sobre las definiciones partidarias, los partidos no inspiran adhesión y militancia y, sobre todo, hay un descontento generalizado con los resultados en temas básicos como la seguridad, la higiene urbana y la economía.

El descontento –que por lo demás, ha sido tradicional en nuestro Uruguay- ahora se contamina con la aparición de modelos populistas que se ufanan por las brutalidades de un Bukele en República Dominicana o los insultos soeces de un Milei en la Argentina. Aparecen los que sostienen que los impuestos son un robo dispuesto por los políticos y combaten directamente para que el Estado desaparezca.

Sí: hay quienes se empeñan en demostrar que las instituciones democráticas hoy no interpretan el sentimiento popular, y a partir de esa premisa, se permiten admirar estilos, conductas y represiones que un ciudadano libre y reflexivo no puede admirar nunca y debe condenar siempre.

Mirado desde fuera, el Uruguay mantiene una imagen comparativamente prestigiosa y sólida, que se cimentó en la edificación de una democracia que fue ejemplar desde principios del siglo XX. Eso se hizo a partir de una alta valoración de la persona humana, conjugando la libertad con justicia social a partir de un enorme esfuerzo de filosofía humanista.

Hoy, ante el desánimo y el decaimiento, el camino no puede ser la desesperación, ni la admiración a gobernantes ebrios de poder. El camino debe ser –debe volver a ser- el de la reflexión que genera ideas claras y la voluntad que lucha por esas ideas.

El camino debe construirse por la ciudadanía convertida en opinión pública, por esfuerzo propio y no por adhesión a modelos enfermos de populismo y autocracia. Si otros corrompen sus instituciones por esas vías malsanas, los uruguayos no.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.