Desde la semana pasada -antes de la deplorable derrota de Uruguay ante España- circula en las redes un texto que recoge verdades ante las cuales no debe quedar indiferente Radio Clarín.
Señala el autor –hasta ahora desconocido- que con el Mundial, “cada cuatro años, Uruguay se mira a sí mismo a través de una camiseta; y la nación deposita sobre once futbolistas una responsabilidad absurda: demostrar que sigue siendo aquello que imagina haber sido.”
Se piensa y se habla “como si los trofeos obtenidos por hombres muertos o jubilados pudieran marcar goles en el siglo XXI. Pero la selección entra al campo y ocurre algo incómodo: aparece la realidad. Los rivales mediocres corren más, arriesgan más, innovan más. Mientras tanto, los nuestros juegan como juega la nación entera: al empate: esa religión nacional se traslada del Parlamento al césped.
Y cuando el equipo fracasa, cuando queda eliminado de manera gris, sin épica y sin tragedia, surge la indignación colectiva. Los mismos que habían construido expectativas delirantes denuncian la decepción. Los mismos que confundieron deseo con realidad buscan culpables. Nadie formula la pregunta esencial.
¿Por qué una sociedad acostumbrada a administrar su decadencia espera producir excelencia de manera automática?”
“Se exige una selección campeona desde una estructura social que castiga el riesgo, sospecha del talento y celebra la mediocridad equilibrada.
“El problema nunca fue futbolístico. El problema es cultural. Durante décadas se ha enseñado que el éxito es sospechoso, que destacar genera desconfianza y que toda diferencia merece corrección. Se ha construido una moral del empate donde la derrota resulta tolerable y la victoria, excepcional, es casi incómoda. Nadie quiere fracasar, pero tampoco se acepta el precio de triunfar.”
Repetimos: estos conceptos circulaban en las redes antes del bochornoso final de la etapa Bielsa… y en verdad hace falta que nos circulen no sólo en las redes sino en la sangre, en el pensamiento y en la voluntad, porque no es achatándonos ni es temiéndole al riesgo que vamos a salir adelante.
Al contrario: en un mundo devastado y desorientado, nuestro deber es apostar la vida a valores firmes, venciendo los miedos y asumiendo los riesgos con valentía. No sólo en el fútbol, sino en el quehacer de cada jornada. Porque sin esa valentía no sobreviviremos en el campeonato mundial de la vida.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.