Un día como el de hoy, pero de 1787, es decir hace nada menos que 239 años, en la ciudad de Filadelfia, se firmaba la primera constitución de los Estados Unidos. Fue un día histórico para los norteamericanos, pero también para los latinoamericanos y particularmente para nosotros los uruguayos que supimos recoger de aquellas premisas republicanas e independentistas, los frutos más brillantes de un texto que se basó en las ideas de la ilustración y que a todas luces fue un modelo inspirador para la redacción de nuestra primera carta magna, jurada casi 43 años más tarde, que tuvo un claro basamento en las instrucciones del año XIII.
La reseña histórica debe ser vista como un acontecimiento universal que marcó un nuevo modelo político y también social. Allí fue que se estableció por primera vez, nada menos que la separación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial.
Cuentan las crónicas que llegan hasta estos días, que aquel acto administrativo mereció la pena de cuatro intensos meses de acalorados debates, acalorados por la apasionante discusión de las ideas, y por el sofocante clima de un verano particularmente caluroso.
A la sombra de aquel fuego constitucional, abrazada por las fervientes ideas de claro tinte republicano, en una convención presidida por George Washington y redactada en gran parte por James Madison, nació, bajó influencia de la ilustración europea, como ya señaláramos, y en plena crisis política, económica y social, la ley mayor. La constitución de los Estados Unidos, un faro que se encendió hacia América Latina y Europa en los siglos XIX y XX.
Uno de los referentes que inspiró a los convencionales de entonces fue John Locke, un filósofo y médico inglés, considerado el “padre del liberalismo clásico”. Apoyado en las fortalezas de los derechos naturales: la vida, la libertad y la propiedad.
Las ideas políticas de Locke publicadas en sus Dos tratados sobre el gobierno civil de 1689, fueron una referencia fundamental para Thomas Jefferson al redactar la Declaración de Independencia en 1776, así como para los redactores de la Constitución de 1787. Conceptos clave como la limitación del poder estatal, el gobierno representativo y la protección legal de los derechos individuales provienen directamente de su filosofía.
Otro de los que inspiraron aquel modelo político que llega hasta nuestros días fue nada menos que Montesquieu con su idea central de separar los poderes del estado para de esa manera evitar la concentración de autoridad en una sola persona o institución.
El barón de Montesquieu, filósofo, jurista y pensador político francés escribió en 1748 su obra maestra: “El espíritu de las leyes”. Un tratado de teoría política donde analizó las distintas formas de gobierno y cómo las leyes debían adaptarse a la historia, el clima y las costumbres de cada sociedad.
The Pennsylvania Packet, uno de los tantos diarios impresos que existían en la época escribió horas más tarde de la célebre firma: “Tenemos la satisfacción de presentar hoy a nuestros lectores la Constitución diseñada para los Estados Unidos por la Gran Convención Continental. El lunes por la tarde, este importante trabajo concluyó con la firma de la mayoría de los venerables miembros que la componían. Se nos informa que, al momento de estampar la última firma, una profunda solemnidad embargó a los presentes, conscientes de estar entregando al pueblo de América un marco de gobierno destinado a asegurar la libertad y el orden para las generaciones futuras.”
A casi dos siglos y cuatro décadas de aquel acontecimiento podemos establecer que fue una de las más lúcidas convenciones políticas que la humanidad recuerde. La vigencia de las ideas es absoluta. Sin embargo y para cerrar este editorial de hoy nos gustaría recordar que el marco de la realidad por entonces era desafiante, al borde de un estallido social. Ese detalle debe permanecer siempre latente porque viene a recordarnos que los hombres y mujeres estamos provistos de las capacidades necesarias para elevarnos sobre los problemas y sus circunstancias, por más duros y adversas que sean. Eso sí, también la historia nos muestra que el conocimiento y la formación son siempre la base de la inspiración. Personal y afortunadamente transferible entre aquellos que saben leer con el equilibrio de la razón y la convicción de la pasión.
Así lo siente, y así lo afirma Radio Clarín.