En el día de ayer, el presidente de la República, Yamandú Orsi, anunció un acuerdo con la empresa española Solaria. Esta firma, presente en nuestro país desde hace una década, opera actualmente dos plantas fotovoltaicas: el parque Yarnel, en la zona de Young, departamento de Río Negro, y el parque Natelu, próximo a la ciudad de Mercedes, en Soriano.

El anuncio da cuenta de una inversión histórica de unos 5.700 millones de dólares, la más grande registrada en la historia del Uruguay. Según comunicó la ministra de Industria, Energía y Minería, Fernanda Cardona, la iniciativa proyecta la creación de más de 3.000 puestos de trabajo durante la fase de obras y garantiza más de 1.500 empleos permanentes vinculados a las tecnologías de la información, operación y mantenimiento.

De acuerdo con el cronograma oficial, la infraestructura de generación solar se instalará en el departamento de Florida, mientras que el complejo de centro de datos se desarrollará por fases: comenzará en Canelones para luego extenderse a San José, bajo el régimen de zona franca, buscando descentralizar el desarrollo económico del país. La etapa de construcción iniciará en marzo próximo, con la meta de que el complejo quede completamente operativo entre los años 2029 y 2030, cerrando así su primera fase dentro del presente quinquenio.

Fundada en 2002, Solaria Energía y Medio Ambiente comenzó como fabricante de paneles solares hasta transformarse, en 2014, en un generador de energía limpia y gestor de infraestructuras sostenibles. Además de operar en Uruguay, la empresa está presente en España, Italia, Portugal y Grecia; cotiza en la Bolsa de Madrid desde 2007 e ingresó al índice IBEX 35 en 2020. Reconocida por la revista Time al frente del ranking de crecimiento sostenible, la firma enfrenta también —según informa hoy El País— reclamos de colectivos ambientalistas por proyectos fotovoltaicos en la región del País Vasco.

Esta noticia impacta de lleno en la agenda nacional y consolida el valor de las políticas de Estado a largo plazo. Este acuerdo es, en buena medida, el corolario del cambio en la matriz energética promovido durante el primer mandato del Dr. Tabaré Vázquez.

Y esta continuidad no es nueva para el Uruguay: forma parte de nuestra mejor tradición política. Un ejemplo claro es el desarrollo de UPM, cuya génesis se remonta a la Ley Forestal de 1987, bajo el primer gobierno del presidente Julio María Sanguinetti; continuó con el anuncio de inversión concreta realizado por el presidente Jorge Batlle en 2004 para la instalación de plantas de celulosa, y terminó de cristalizarse durante la primera administración de Tabaré Vázquez. Asimismo, el expresidente Luis Lacalle Herrera impulsó en su momento la dinamización de las zonas francas y parques industriales que hoy sirven, precisamente, de catapulta para este tipo de proyectos.

En esa misma línea de apertura y inversión internacional se inscriben también anuncios y gestiones de los expresidentes José Mujica y Luis Lacalle Pou.

Es un verdadero capital institucional de los uruguayos que, más allá de los signos partidarios o de las ideologías de turno, se fomente la inversión privada como motor de dinamismo económico y generación de empleo. Son transformaciones que nos han dado independencia energética, abierto mercados internacionales y permitido un crecimiento sostenido del Producto Interno Bruto durante las últimas décadas.

Sin embargo, todo lo que reluce en el plano cuantitativo no encuentra un correlato en la dimensión cualitativa de nuestra sociedad.

A la par de estos grandes números, convivimos con una sórdida decadencia cultural que encuentra caldo de cultivo en organizaciones criminales y en un triste récord de prisionalización: hoy Uruguay padece la tasa de personas privadas de libertad más alta de Sudamérica y una de las diez peores a nivel mundial. Asistimos al desinterés por la cultura en amplios sectores de nuestra juventud —con honrosas excepciones— y a la apatía de un sistema educativo resentido por altos niveles de deserción; un sistema que no logra aggiornarse al mundo que viene sin perder la esencia del legado vareliano, aquel pilar que históricamente forjó la movilidad social y el desarrollo cultural de nuestra gente.

No habrá verdadero crecimiento si no fortalecemos las bases educativas de la sociedad. Sin eso, los anuncios pomposos y las grandes inversiones terminarán cayendo en saco roto. No generarán verdadera justicia social ni progreso real; por el contrario, profundizarán la brecha socioeconómica.

Necesitamos un despertar espiritual y ético que fomente el respeto al prójimo y la revalorización de las buenas costumbres de nuestra tradición. Para que la materia se convierta en impulso y el impulso en materia. Y para que, en tiempos de tecnologías e inteligencias emergentes, la verdadera amenaza no sea la innovación, sino nuestra propia indiferencia ante la decadencia del ser humano.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín