Derrotado en primera vuelta, con los sondeos en contra, soportando el desgaste de su tercer período de gobierno y al borde de completar 81 años de edad, Luiz Inacio Lula Da Silva ganó el balotaje y fue reelegido presidente de Brasil.

La elección fue libre y limpia. La diferencia con Flavio Bolsonaro fue contundente –más de 4 millones de votos-, pero el final de los comicios quedó dislocado y se tornó confuso por causa de una sorpresiva prórroga de dos horas, que dispuso un Juez con dudosa competencia en momentos en que muchos circuitos ya estaban cerrados y no podían reabrir la terminal electrónica.

Los perdedores han anunciado impugnaciones por motivos que no parecen suficientes para voltear la distancia millonaria de los sufragios, que se computan por un sistema electrónico que ha recibido elogios de los veedores del mundo. Paradojalmente, Flavio Bolsonaro ahora está buscando apoyo en la legalidad, teniendo a su padre, el ex Presidente Jair Bolsonaro preso por haberse alzado precisamente contra la legalidad electoral.

Nadie puede negar la trascendencia internacional de los resultados de ayer en Brasil: la consagración de Lula para ejercer por cuarta vez la presidencia vino a cortar la racha de triunfos derechistas que venía dándose en América Latina. Le pone un límite a la expansión de las intervenciones que Donald Trump dispone a capricho. Y le aplica un freno de boca a Javier Milei, al hacerle fracasar el intento de intervenir en la política interna de Brasil injertándole a la discusión preelectoral el lenguaje de letrina con el que instala odios en vez de convocar concordias.

Para el Uruguay, la victoria de Lula es el triunfo de un gobernante afín a la visión económica con proyección social, que en nuestra ciudadanía no es sólo la bandera de un partido sino la tradición dominante del país entero, con orígenes en el ideario de Artigas y con bases asentadas desde los gobiernos de José Batlle y Ordóñez. El señor Lula Da Silva ha impulsado el crecimiento de Brasil no sólo para las empresas sino para la formación de una clase media. Lo ha hecho en paz y en libertad.

Merece respeto por la trayectoria personal que lo ascendió de obrero metalúrgico a gobernante constituido en interlocutor de los grandes del mundo.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.