Desde las urnas, el pueblo uruguayo se pronunció ayer, una vez más en paz y libertad.
La Constitución se obedeció con puntualidad absoluta. Desde ella, con todos sus procedimientos a salvo, la nación volvió a ejercer su soberanía.
El combate preelectoral –algunas veces áspero y demasiadas veces descolorido- se transformó en fiesta nacional de fraternidad, que protegió tanto al que guardaba silencio y no decía qué votaba como al que proclamaba su adhesión repartiendo listas o abanderándose a favor o en contra del gobierno, con la seguridad de que tiene garantida la libertad.
Este modo de convivir sigue siendo el primer valor que debe regirnos por dentro y enorgullecernos ante un mundo erizado de miedos, dictaduras y guerras.
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Por decisión del pueblo, habrá balotaje: el domingo 24 de noviembre la ciudadanía deberá decidir si el próximo Presidente de la República será Álvaro Delgado o Yamandú Orsi.
Por decisión del pueblo, no se aprobó la reforma constitucional que buscó derogar el régimen de seguridad social y embretar jurídica y financieramente el sistema jubilatorio.
Por decisión del pueblo, no se aprobó tampoco la reforma constitucional que propuso habilitar los allanamientos nocturnos en casas sospechosas de ser cuevas de delincuencia, bajo la apariencia de ser casas de familia.
Por decisión del pueblo, el Uruguay confirmó su tradición de no dejar que ningún bando pueda llevarse el país para la casa: así como el artículo tercero de la Constitución declara que la República Oriental del Uruguay “jamás será el patrimonio de persona ni familia alguna”, tampoco es patrimonio de ningún iluminado y ningún dueño de poderes absolutos.
Esta confirmación impone abrir caminos de diálogo y entendimiento, por encima de las fronteras parlamentarias y sus siempre cambiantes mayorías.
Los problemas nacionales de fondo necesitan y merecen elaboración de todos con todos, de las cuales surjan acuerdos y decisiones con grandeza.
El Uruguay necesita vencer las barreras que arrastra de un pasado que ya fue y debe realizar, a la vez, los ideales de libertad y justicia social, con desarrollo, a la vez, de la personalidad individual y de la economía social.
Si profundizamos el pensamiento en vez de minimizarlo en tuits, si los adversarios dialogan y la política vuelve a la idealidad en vez del agravio, ¡qué gran país podremos construir!
¡Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín!