Una radical indignación y un profundo sentimiento de pesar deben acompañar a la familia de Joel Rodríguez, recto oficial de la Guardia Republicana que fue baleado por criminales que le robaron la motocicleta de alta cilindrada –propiedad personal- en la cual se desplazaba, en traje civil, en la zona del Molino de Pérez, Punta Gorda.

Joel Rodríguez era sargento y negociador de la Guardia Republicana desde 2016, y sus compañeros lo destacaron como un «gran hombre» y un excelente servidor público. Fue abordado por seis rapiñadores sobre las 19:00 horas del viernes. Sin la más mínima piedad, le dispararon a la cabeza, a matar. Trasladado al Hospital de Clínicas, allí murió el sábado.

Carlos Piedra, presidente de la Unión de Policías de la Guardia Republicana, destacó los valores personales y funcionales del Sargento asesinado, subrayando la eficacia negociadora que puso de manifiesto en múltiples oportunidades.

En síntesis: se nos fue un hombre honrado, de servicio, con méritos en el trabajo y en las relaciones humanas. Se nos fue, a manos de rapiñadores desalmados. Se nos fue a todos, no sólo a la Guardia Republicana y no sólo a las fuerzas policiales, que merecen respeto y adhesión de la ciudadanía porque en un Estado de Derecho nos sirven a todos -bajo exigentes responsabilidades.

Sí: los delitos en general, y los delitos de sangre en particular, atacan no sólo los derechos de la víctima y sus seres queridos: nos agreden a todos, como personas –ya que como personas somos y debemos ser solidarios con el prójimo y tenemos el deber de sentir el mal ajeno como propio.

Por eso, no debemos conformarnos con medir en números cuántos asaltados, cuántos lesionados y cuántos asesinados hay en cada año o en cada gobierno. Las víctimas que sobreviven y las víctimas que pierden la vida no son una cifra de una estadística: son seres de carne y hueso, cuyos sufrimientos y pérdidas debemos compartir por llamado espontáneo del alma.

El combate policial a la delincuencia ha fracasado con gobiernos de diferentes partidos. En realidad, no basta que la policía intente prevenir y reprimir. Antes, hace falta educar, reeducar, rescatar, luchar con ardor por la fraternidad respetuosa que debemos ser, para que los derechos que define la Constitución no queden en letra muerta y sean una realidad armoniosa que acabe con el horror de la delincuencia y la lacra colectiva del acostumbramiento.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.