Basta asomarse al mundo actual para advertir cómo ha ganado espacio la confusión, la división, la rivalidad sin freno y la agresión sin piedad.

La Organización de las Naciones Unidas -que nació con las mejores intenciones y los más fuertes auspicios- ha perdido toda autoridad en los múltiples rincones del mundo donde surgen enfrentamientos.

Las guerras se han hecho más tecnológicas pero también más despiadadas. Las ideologías se han resecado en intolerancia. Los derechos humanos han venido sometiéndose progresivamente a sistemas y protocolos que, los descuartizan y aniquilan. Un manto de fragilidad recubre a los derechos humanos y debilita las libertades públicas, porque la atención se centra mucho más en los grandes números de la economía macro que en las ideas a partir de las cuales debemos vivir como personas, como familias y como pueblos.

Ese cuadro –crudo pero real- desafía a las personas y a los pueblos, porque es desde ese panorama amenazante que debemos construir los tiempos que vendrán.

La misión de la hora no es amansarnos para sobrevivir, sino erguirnos para defender ideales, valores y propósitos sanos, hermanándonos por encima de las ideologías, porque lo que hoy está en riesgo no es el tamaño del Estado, ni el socialismo ni el capitalismo sino la manera de tratar, entender y sentir al prójimo.

Para tal tarea –ciclópea pero imprescindible-, la tradición uruguaya tiene mucho para enseñar y aportar.

No se trata sólo de la cultura cívica sino de la cultura entera, que es donde nacen y crecen los sentimientos hacia los semejantes, y se transmiten en poesía, en prosa, en refranes cortos y en reflexiones largas.

Por todo eso, ante la deshumanización de casi todo, la actitud nacional debe ser levantada, afirmativa y combativa, para que no se nos contagien las desgracias que azotan a pueblos lejanos y vecinos.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín. .