El sábado jugaron en el Campeón del Siglo Peñarol y Nacional, con el resultado 3 a 0 de todos conocido.
El clásico anterior, que se cumplió en el Estadio Centenario, arrojó el amargo saldo de un servidor policial con un genital estallado porque lo alcanzó una bengala marina delictivamente arrojada por un barrabrava.
Para evitar delitos, el partido del sábado se jugó sin ninguna de las dos hinchadas, con máxima protección policial a la entrada y a la salida de los jugadores.
Pero nada de eso fue suficiente. Una discusión por una bandera izada en una casa de Toledo desembocó en una reyerta en que el dueño de casa, siendo policía, esgrimió su arma de reglamento y mató en el acto a dos hinchas contrarios.
Semejante tragedia reveló que ni siquiera jugar sin público resulta suficiente para garantizar que en torno al fútbol haya respeto y paz en vez de riesgos de sangre y muerte.
Sí: jugar sin público implica quitarle al fútbol lo que tiene de juego, emoción y espectáculo. Jugar sin público es un sacrificio para el fútbol mismo. Pero ni siquiera eso bastó para impedir una discusión, un enfrentamiento y dos homicidios.
Los hechos demuestran que la violencia en el fútbol no es una corrosión exclusiva de los barrabravas organizados. La violencia nace y crece en los entresijos de los sentimientos más primarios. Convertida en pasión futbolera, obsesiona: y entonces enferma al poseído y amenaza al entorno.
El matador del sábado empezó a ser juzgado por la Justicia penal. Es lo que corresponde.
Pero antes y más allá de lo que diga la Fiscalía y lo que resuelva la Justicia, debemos aceptar que en nuestro modo actual de vida viene incrustándose la brutalidad y la barbarie a pasos acelerados.
Por lo cual, es deber de todos abrazar como bandera pública la meta de acabar con la violencia en todo, empezando por el fútbol.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.