Por 64 votos en 93, Diputados aprobó el proyecto de ley de eutanasia, que –si el Senado lo aprueba, según puede preverse- habilitará al enfermo grave con sufrimientos insoportables, conseguir que el médico termine con su vida.
El texto que se votó no es el mismo que en la Legislatura anterior propuso y defendió sin éxito el ex diputado Ope Pasquet, pero, igual que el anterior, abre camino al suicidio asistido y permite que el médico en vez de sanar y aliviar, resuelva matar y actúe en consecuencia.
El tema no puede ser más delicado. No queda zanjado por el voto de dos tercios de diputados con la oposición de un tercio, porque la vida y la muerte no son asunto de mayorías o minorías, sino cuestión de intimidad, de personalidad y de actitud espiritual frente al don de la vida, que nos viene de más lejos que nosotros mismos y que –por eso y por muchas razones más- no nos pertenece.
Sobre la ley que ayer logró media sanción, hay y habrá discusiones más allá de su entrada en vigencia. Si –como está previsto, la llamada ley de eutanasia se promulga y entra en vigencia, seguramente pronto va a pedirse que su texto sea reformado, porque –según muestra la experiencia- cuando las leyes toquetean principios constitucionales, nunca quedan perfectas.
El propósito de aprobar el suicidio asistido para los enfermos terminales habría necesitado una discusión abierta y profunda. Ese género de debates no está de moda ni en el Uruguay ni en el mundo, porque la cultura ha sido dominada por la industria del entretenimiento liviano.
Pero la identidad nacional se construyó desde la profundidad de los grandes pensadores, empezando por Artigas. Por eso, no debemos aceptar sin reflexión decisiones que nos cambian el modo de vivir y la manera de morir. Para esos temas, hacen falta las luces de las artes, la filosofía y la conciencia de lo Eterno. Apagar esas luces es bajarnos de nosotros mismos.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.