El uruguayo-israelí Salomón Vilenksy -un alto especialista en innovación- renunció a su cargo de asesor de la Oficina de Innovación de Uruguay en Israel.
Al dimitir, condenó como un “error histórico” la decisión del Gobierno de hacer una pausa en la cooperación con la Universidad Hebrea de Jerusalén. Se quejó de haberse enterado por los diarios y descalificó al Canciller Mario Lubetkin, con dureza conceptual seguida de una referencia racista y una palabrota intestinal.
Aun cuando el autor se disculpó dos días después de haber proferido el exabrupto, el episodio no debe hundirse en el silencio, porque ofendió no sólo al Canciller de la República sino al modo de convivir que impone a todos la Constitución de la República.
No puede pasar inadvertido que este episodio se produjo a sólo cinco días de que un senador insultó soezmente a otro senador, discriminándolo y aplicándole a su colega la misma palabrota que usó el renunciante radicado en Israel.
Los pedidos de disculpas posteriores a las injurias públicas pueden calmar los ánimos en lo personal, pero no bastan para cerrar ni encapsular los insultos.
Es que a los insultos debemos condenarlos sin ambages, todos los uruguayos que sentimos a la Constitución no sólo como un breviario de normas generales sino como un programa de vida. Un programa de vida, sí, para un pueblo que define su identidad precisamente en el respeto al prójimo y en el respeto profundo a los que piensan o resuelven distinto.
Para el Uruguay va a ser importante reabrir la cooperación con la Universidad Hebrea de Jerusalén. Pero más importante aun es advertir que, en distintos ámbitos, estamos incorporando un lenguaje de letrina y una agresividad de brutos, allí donde lo que más necesitamos es la fineza del razonamiento y la serenidad firme de la orientación sensata.
El Uruguay no irá a ningún lado bueno si imita a los lejanos y cercanos que dirimen sus diferencias a punta de palabrotas.
Por eso, mantenemos la condena a los insultos después que los autores pidieron disculpas. Y por eso, deploramos que, a nuestros múltiples descensos, haya quienes les sumen la brutalidad injuriosa de su lenguaje,
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.