Los uruguayos conmemoramos hoy, con unción patriótica, el bicentenario de la Declaratoria de la Independencia, proclamada por la Asamblea de Representantes de los Pueblos de la Banda Oriental, reunida en la Florida bajo la presidencia del Padre Juan Antonio Larrobla.
El 25 de Agosto de 1825 es una fecha que los maestros de todo el país imprimieron, desde nuestra más tierna niñez, en la memoria y en el corazón.
No nos enseñaron a conmemorar la fecha de una victoria en las armas. Nos inculcaron el respeto al 25 de Agosto como fecha mayor de nuestra historia, porque, en ese jornada histórica, un puñado de hombres llegaron a Florida -a caballo o en carretones- para ratificar la voluntad de ser libres que tenían los pueblos de la Banda Oriental. El Uruguay se singulariza en el contexto internacional porque su conciencia de sí mismo no la debe a una acumulación de costumbres ni a una civilización precolombina ni a un poderío material.
La personalidad del Uruguay en el concierto mundial nace en las reflexiones de filosofía institucional que nos legó el General José Gervasio Artigas en la Oración de Abril y en las Instrucciones del Año XIII –reflexiones que fueron sabiamente retomadas en las palabras precisas de la Declaratoria de la Independencia, cuyos 200 años evocamos hoy profundamente emocionados.
La Declaratoria de la Florida no sólo afirmó la voluntad de declarar “írritos, nulos, disueltos y de ningún valor para siempre, todos los actos de incorporación, reconocimientos, aclamaciones y juramentos arrancados á los pueblos de la Provincia Oriental, por la violencia de la fuerza”. Además, nos confirmó el camino de la sensatez, la palabra pensada, el concepto discurrido y el proyecto claro.
En una época mundialmente oscurecida por la confusión en las ideas y las matanzas en las guerras, el llamado a ser reflexivos es el llamado a ser nosotros mismos, como muy bien nos enseñó el Padre de la Patria.
Esa enseñanza nos salvó en el paado y volverá a salvarnos ahora, a despecho de los cambios de época y de los prodigios técnicos, ya que en la construcción de la persona humana y la felicidad pública, nada reemplazará jamás el valor y la función de la reflexión en libertad ni la misión de la voluntad de lucha ni el respeto por el prójimo.
Así lo siente y así lo afirma, para todas las generaciones, Radio Clarín.