Hasta la tarde del viernes de la semana pasada, el Uruguay entero estuvo en vilo, anhelando que aparecieran Alfonsina y Francisco, los dos niños que fueron secuestrados por su padre. Penosamente, se materializó la peor hipótesis: los cuerpos fueron encontrados dentro del auto, junto al cadáver de su desnaturalizado progenitor. Los tres murieron ahogados bajo las aguas del caudaloso arroyo Don Esteban, en las cuales el criminal cumplió su anunciada promesa de matarlos.

El episodio no es una bestialidad más de la lista de homicidios ruines que registra a diario la crónica policial..

Al recibir la consternación y la indignación de un grupo de manifestantes, Alejandro Sánchez, Secretario de la Presidencia de la República, dijo estremecido: «El Estado está en falta, el Estado en general y me parece que sobran las palabras». Anunció que la Presidencia de la República va a crear una comisión con la sociedad civil para trabajar en medidas concretas.

La Ministra de Salud Pública planteó la necesidad de extender y mejorar la salud mental y hubo voces que pidieron reformar las leyes y los procedimientos judiciales.

Esa preocupación reconforta porque indica sensibilidad, pero no es suficiente, porque donde hay que prevenir esta clase de crímenes no es en las comisarías y en los Juzgados. Es en la cabeza de las personas. Y el tema no es de salud mental colectiva sino de conciencia personal.

Allí el Uruguay tiene un déficit que no se computa en ningún balance y no puede resolver ningún presupuesto. Una educación más preocupada por distinguir la genitalidad desde la primera infancia y un ideario que sólo se ocupa de lo material e inmediato está formando un tipo humano sin reflexión, sin amor al prójimo, sin respeto por lo sagrado, sin valores permanentes.

El conflicto hoy no es con el machismo ni con el feminismo, sino con la falta de espiritualidad en la formación básica del uruguayo medio.

Hemos confundido laicidad con negación del espíritu, con falta de frenos y con ignorancia sobre principios permanentes.

Por todo eso y mucho más, la tragedia de Don Esteban debe sacudir a los poderes públicos.

Sí: la tragedia de Don Esteban debe llamarnos a batallar por la formación espiritual, abandonada desde que se instaló la falsa creencia de que la economía y la sociedad pueden funcionar sin alma, sin amor al prójimo y sin más esperanzas que las que den –o no- unos números y unas estadísticas que jamás nos devolverán la calidad de sentimientos que necesitamos para no seguir doliéndonos por crímenes cada vez más abyectos.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.