Para la vida diaria de cada uno de nosotros, los discursos en las Naciones Unidas suenan lejanos, ajenos e inconducentes. La propia Organización de las Naciones Unidas aparece insuficiente en gestión, inerme ante las matanzas, estéril frente a las guerras.
Sin embargo, lo que dijo el Presidente Yamandú Orsi en la Asamblea General reunida en Nueva York merece oírse y leerse con atención y hasta con alegría patriótica por encima de que lo hayamos votado o no.
El Jefe de Estado sintetizó muy bien los ideales y principios que nos dieron la identidad que traspasa épocas y vence desgracias. Ubicó muy bien al Uruguay en el concierto internacional de naciones. Puso en valor la rotación de los partidos en el gobierno, sin estruendos en la calle ni cimbronazos en la economía, porque para nosotros es “un acto de pura normalidad”, ya que somos “un país cuyo presidente puede caminar sin custodia entre la gente”.
Orsi afirmó que “el Uruguay lleva en su vida cotidiana una vocación profunda de paz y respeto” con la que deberá enfrentar sus temas sin resolver, como “pobreza infantil, seguridad pública o desigualdad social”.
Y en su discurso proyectó nuestro pacifismo interno como una virtud y una fuerza en el contexto crítico, dramático, del mundo actual. Desde esa perspectiva, formuló una definición en que todos debemos concordar: “condenamos toda forma de terrorismo ya que constituye, entre otras cosas, una despreciable actitud de cobardía. Existe otra lógica, actual, es la que nos lleva a que el objetivo central en las guerras actuales pareciera ser la práctica sistemática del exterminio.” Y en seguida, fustigó: “El fin nunca justificó los medios. Debemos desterrar aquel viejo concepto de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Toda guerra es criminal, sin importar dónde ocurra, sin importar el dios que se invoque para justificarla, merecerá siempre nuestra más visceral condena.”
Y sobre el final de su discurso, proclamó el Presidente Orsi: “Bien saben las naciones que integran esta Asamblea que mi pequeño país está muy lejos de caracterizarse por su poderío militar o su predominio económico. Y es allí, paradojalmente, que reside nuestra fortaleza, porque somos incapaces de estorbar a nadie. Por el contrario, nuestra fortaleza radica en capacidades intangibles pero que este mundo mucho necesita, porque somos un país muy confiable en la promoción del diálogo y la paz.”
La rotundidad de estas definiciones debemos compartirlas todos, no sólo en doctrina sino en actos concretos. Y debemos, también todos, sentir un compromiso personal y ciudadano con los valores humanos en que queremos seguir asentando nuestra nacionalidad, a pesar de todos los males que sufrimos pese a los bienes que nos da la libertad.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.