Los actos delictivos perpetrados en el domicilio de la Fiscal de Corte Dra. Mónica Ferrero le pusieron nombre, apellido, cara visible y sorpresa al clima de intimidación sorda –sucuchada- en el que estaba adormecida la República.
A cuatro días de perpetrado el ataque, sólo ha podido imputarse a un periférico que acompañó el atentado, lo cual no constituye un éxito policial de indagación –igual que no fue un éxito policial la custodia que se le estuvo brindando hasta el domingo a la Fiscal de Corte. Nada de eso debe pasarnos inadvertido.
Pero tampoco debe pasar inadvertida la afirmación de valores que ha seguido al repudiable atentado. Todos los gobernantes y toda la oposición han sentido el ataque como la ofensa a la regularidad institucional que realmente es. Todos han condenado el hecho, no sólo por solidaridad con la Fiscal General de la Nación sino por sentimiento de que el “apriete” no fue sólo para ella sino para todos.
Por encima de contraposiciones partidarias, en estas horas el Uruguay ha mostrado su íntima solidaridad, sin fisuras. Ese es un gran bien, cuyo mérito debemos custodiar, no sólo para enfrentar al narcotráfico sino para afrontar los grandes problemas que nos achatan la vida.
Y por encima de la indignación y el miedo, la granada, los balazos y los vidrios rotos en la intimidad hogareña de la Dra. Ferrero han sido respondidos por ella con una afirmación de valentía que tampoco debe pasar inadvertida, porque merece apoyo, aplauso y admiración.
Ante el terrorismo, hay un límite último: la dignidad de la persona amenazada, el amor que le consagra a su función, el coraje con que resuelve seguir luchando. Todo eso se conjuga en la persona de la Dra. Mónica Ferrero, cuya carrera se asienta en una excelente ejecutoria y cuya actitud es propia de alguien que toma en serio su deber y su misión.
En tiempos de relativismo y de resignaciones, su ejemplo debe iluminar nuestras sendas de vida, pensemos lo que pensemos y votemos lo que votemos.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.