Que Cacho de la Cruz estaba muy grave -principalmente por sufrir a la vez epoc e infección respiratoria- fue noticia desde hace una semana. Aun así, cuando en la tarde de ayer viernes supimos que había muerto, todos sentimos que perdíamos a un pariente o a un amigo íntimo.
Es que el nombre, la estampa y el humor de Cacho de la Cruz marcaron el espíritu de innumerables generaciones, que conservan en la memoria la presencia vívida del artista completo que fue, a lo largo de mucho más de medio siglo.
Nacido en la Argentina, desde los 20 años trabajó, luchó y se consagró como actor, comediante, músico, productor y conductor,
Cacho de la Cruz trabajó desde 1962 en El Show del Mediodía y desde allí su carrera fue siempre ascendente. Fue un triunfador en sus programas propios, que se hicieron emblemáticos: El Castillo de la Suerte, El Show del Mediodía y Cacho Bochinche. Y fue un creador absoluto de personajes que guardamos en la memoria colectiva, como Chichita, el Mago, Julio Pedemonte, Ulises el Infalible y Super Cacho.
Con un humor llano y franco, su estilo frontal y su excepcional carisma, Arturo de la Cruz, Cacho, acompañó niños, sembró sentimientos, se hizo amigo de todos y formó parte de la historia de una etapa excepcional de la televisión nacional.
Integró la mejor etapa de la farándula en la televisión uruguaya, a la que ayudó a hacerse grande con producciones propias y cuño artístico educador.
Personalmente fue un hombre de bien, que se hacía estimar por su señorío y su bonhomía.
Radio Clarín fue amiga de Cacho de la Cruz y al lanzar nuestra nueva etapa, él nos acompañó afectuosamente en nuestros estudios.
Lo despedimos como un hermano del ensueño creador, entregándole a su espíritu la certeza de que hemos de recordarlo siempre con amor y gratitud.
Descanse en paz, Cacho de la Cruz.