En dos jornadas sucesivas, el Uruguay recibió dos noticias atroces:
– en una rapiña en la rambla del Cerro, dos jóvenes asesinaron al policía César Ferreira e hirieron gravemente a su hermano; y
– en 18 de Mayo –la joven ciudad que se formó entre Las Piedras y Progreso, Departamento de Canelones-, un sujeto de 27 años asesinó a su hermano, a su madre y a su padre, capataz de la construcción cuya ausencia en el trabajo fue denunciada a la policía, que al abrir la vivienda de la familia se topó con un cuadro macabro.
Los cuatro crímenes fueron brutales y canallescos, pero no generaron oleadas en la opinión pública y no movieron la aguja en la lista de los homicidios nuestros de cada día.
Es que, penosamente, en los tiempos que corren, a lo execrable de los homicidios venimos sumándole el crimen, también execrable, de la insensibilidad y la indiferencia. Como personas y como sociedad, hemos ido aceptando convivir con la brutalidad y hasta con la infamia de las muertes violentas y –por si fuera poco- hemos ido entregando el alerta de conciencia ante los atropellos esperables del crimen organizado y las bestialidades sorpresivas del crimen desorganizado que siembra parricidios, uxoricidios y fratricidios.
Frente a esto, no basta declamar sobre los derechos humanos ni aprobar penas cada vez más duras ni retorcer el Derecho Penal con un Código del Proceso que avergüenza a la tradición nacional.
En realidad, a la vista nuestra están cayendo los impulsos naturales de apego y amor al prójimo, y se están debilitando los frenos morales de las conciencias. El ideal humanista de cultura por la reflexión está reemplazándose por las bajezas del acostumbramiento y la resignación.
Por eso, tiene cada vez más valor el esfuerzo que mantiene erguidos y militantes a quienes toman en serio los principios de la República y del Estado de Derecho.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.