Hoy 16 de diciembre, se están cumpliendo 74 años del plebiscito que aprobó la Constitución de 1952. El aniversario pasa inadvertido, en medio de crónicas políticas que recogen una baraúnda de descalificaciones y minucias— pero la Constitución que se aprobó hace casi tres cuartos de siglo, no merece enterrarse en el olvido.

Aquella Constitución fue la única en la historia nacional y en la historia de América que sustituyó la Presidencia de la República por un colegiado integral. Asimismo, fue la única que nació, rigió y se derogó regularmente, ya que la Constitución de 1830 fue violada por múltiples dictaduras que jalonaron el siglo XIX; la Constitución de 1918 sucumbió en el golpe de Estado de 1933; la Constitución de 1942 se elaboró por un Consejo que no había sido elegido por el pueblo… En cambio, la Constitución de 1952 nació del Parlamento, fue plebiscitada, no sufrió interrupciones y fue derogada en 1967 por la reforma naranja que restableció la Presidencia.

La Constitución de 1952 suprimió el riesgo de los lapsus, las insuficiencias y las tentaciones presidenciales. Amplió la autonomía departamental. Creó el Tribunal de lo Contencioso Administrativo para anular decisiones antijurídicas o desviadas. Y sobre todo, nos prohibió a los uruguayos confundir el legítimo poder discrecional del gobernante con la arbitrariedad de los déspotas, sentando las bases de principios generales de Derecho que se incorporaron al modo de ser nacional.

Puesto que en estos tiempos el mundo se insensibiliza y lo humano retrocede a ojos vistas, evocar los grandes momentos de nuestra historia pasa a ser un deber grato e inspirador.

En definitiva, el progreso que en el exterior hoy disfruta el Uruguay se debe a que hubo ciudadanos con grandeza de espíritu y con alma republicana, cultivada por fuera y por encima de los intereses sectoriales y los lemas partidarios.

Los legisladores que establecieron el gobierno colegiado en la mitad del siglo pasado proyectaron un país de concordia y libertad. No habrían podido imaginar que el Uruguay iba a sufrir guerrilla ni dictadura.

Pero puesto que nos tocó vivir brutalidades y atrocidades, sepamos evocar lo que grandes conciudadanos supieron hacer muy bien, para encontrar fuerzas con las cuales levantar el Uruguay como faro en un mundo cruel y desorientado, sin cruzarnos de brazos a esperar lo que nos llegue de afuera o nos caiga de arriba.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.