En el mundo occidental, el 25 de diciembre se solemniza con feriado, se conmemora con regalos, comida y bebidas. Se reúnen las familias y se acercan los afectos. Pero lo más importante de la fecha no es el festejo, sino el motivo de la conmemoración.
Según la historia y según la fe, en esta fecha se concentra la evocación del nacimiento del Niño Jesús, que en apenas 33 años de vida predicó y enseñó actitudes que trascendieron los límites de las pequeñas comunidades judías a las que llegó para decir lo que sentía desde la estatura infinita de sentirse Hijo directo de Dios.
Sí: fue desde esas pequeñas comunidades que la criatura del pesebre de Belén llegó mucho más allá de los lugares que holló con sus pies. A punta de amor y prédica, su doctrina se expandió y llegó a sentirse universal. Nació como un llamamiento a la religión, que tuvo tal importancia que convirtió a reyes y emperadores y, sin petición ni protestas, cambió la cuenta de los siglos -al punto que la vida entera de Occidente se divide en Ante de Cristo y Después de Cristo- y universalizó de tal modo el Mandamiento de amar al prójimo, que pasó de la religión a la filosofía.
Tanto fue así que hoy conviven en el alma colectiva de la mitad del mundo, el cristianismo como religión y la filosofía laica como disciplina sin religión. Y tanto sigue siendo así que el cristianismo inspira hoy estilos del pensamiento que se alejaron de la fe pero no niegan ni pueden negar la filosofía de la persona que aportaron siglos de meditación cristiana.
Como movimiento espiritual hacia lo Alto, como impulso hacia el “Levántate y anda” y como escuela de sentimientos, el Nacimiento de hace 20 siglos largos es un monumento viviente y fecundo de la cultura de Occidente.
Ese movimiento tuvo que ver con la identidad y la independencia de nuestra patria y sigue teniendo que ver con las angustias y los ruegos del que, siendo creyente o no, toma en serio cada instante de su vida
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.