En las últimas horas de cada año, se nos agolpan los balances y los ajustes. La vida se nos aprieta en cifras. Algunas son optimistas, como las que comparan las temporadas turísticas. Otras son trágicas, como las que le pasan raya a los femicidios, a los homicidios voluntarios y a los homicidios culposos que se perpetran en el tránsito vehicular, donde el año pasado tuvimos 424 muertos y en este 2025 llegamos a 464.

A su vez, los ajustes pueden ser benévolos e imperceptibles, como ocurre con las naftas, o pueden doler en el bolsillo, como va a suceder cuando se aplique el nuevo método para calcular las devoluciones del FONASA.

Pero si elevamos la mirada por encima de cada balance y cada ajuste, advertiremos que no hay balances que midan las pérdidas que generan los retrocesos culturales en que venimos sumiéndonos, ni hay ajustes que se propongan revertir la caída.

El Uruguay siempre fue un país abierto a la inmigración y, con ella, siempre asimiló la incorporación de la música, el pensamiento y las costumbres de colectividades grandes y pequeñas, que siempre hallaron lugar en nuestra nación, libre y tolerante,

Dolorosamente, no hay medición de todo lo que pierde un país cuando pierde los filtros de su propia cultura y se deja invadir por hábitos, deformaciones y vicios importados. Y eso nos está ocurriendo en el Uruguay de hoy, traspasado por consignas más que por pensamiento, invadido por el sinsentido, permeado por la drogadicción y tenaceado por el narcotráfico.

De todo eso no hay balance ni se programan ajustes, porque hemos olvidado que la historia del mañana comienza en lo que estamos pensando hoy.

En realidad, hemos olvidado que la historia es historia del pensamiento que se hace obra, tanto en los pueblos como en las personas.

Y de esa verdad, no debemos distraernos más.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.