A propósito de Venezuela, la Comisión Permanente de nuestro Parlamento perdió anteayer la oportunidad de dar a luz un pronunciamiento unánime.
El cuadro que tenemos a la vista reclama consenso moral, político y jurídico. Nicolás Maduro cayó por secuestro extranjero con muerte de sus custodios; Trump resolvió gobernar Venezuela a través del elenco chavista; la democracia no asoma en la tierra de Simón Bolívar y, en cambio, se sigue torpedeando barcos en el Caribe mientras se amenaza la paz hasta en Groenlandia,
Ante hechos de esa magnitud que afectan a América entera, si se hubiera logrado la unanimidad se habría patentizado no sólo la capacidad de los partidos para ponerse de acuerdo en principios básicos. Se habría certificado la robustez institucional de la República, al volver a asentarla en un ideario común.
Dolorosamente, eso nos faltó. En su lugar, se aprobó una moción por 6 votos contra 5 –un score de fútbol-, básicamente porque el oficialismo siguió negándose a admitir que el régimen de Maduro fue una dictadura y que las últimas elecciones desembocaron en un corte descarado del escrutinio, seguido por un triunfo continuista que a todas luces fue trucho.
Maduro era indefendible y su cese en el gobierno es un bien en sí mismo, que nos llamó a júbilo. La decisión estadounidense de convertir su acto de policía unilateral en intervención gobernante para meses o años próximos nos cortó el festejo a nosotros y al mundo. No es tan difícil insertar esos sentimientos en los principios del Derecho Público Internacional.
Pero resultó más tentador usar la inmensa desgracia del querido pueblo venezolano para seguir contraponiendo a unos con otros, a título de guerra de bandos entre izquierda y derecha o entre capitalismo y estatismo. Esa guerra se azuza en redes para servir los propósitos totalitarios de convertir la discrepancia en odio y ahogarnos, a todos, la vocación natural por la libertad.
No es hora para esas guarangadas. Ya hizo enorme daño la tozudez con que los socios ideológicos del chavismo se negaron a moderarlo o abandonarlo. No le agreguemos ahora el daño de enrolarnos tras las brutalidades que dice y resuelve el señor Donald Trump.
Cumplamos el deber que nos impone toda circunstancia personal, colectiva o planetaria: pensar. Pensar hasta ver claro.
Si lo hacemos, de las cenizas de este pésimo momento hemos de rescatar nuevas y mejores luces para recimentar Estado de Derecho.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.