En números, Groenlandia es un himno al absurdo. En sus 2:166.086 kilómetros cuadrados -cuyo 81 % está cubierto de hielo)- viven 57.000 habitantes. En esa enorme isla –literalmente tal- ha logrado autonomía política en su mancomunidad con Dinamarca, que la subsidia anualmente con 633 millones de dólares, es decir, 11.300 dólares per cápita.
Es ese el territorio que Donald Trump anunció comprar o invadir, aprovechando los ratos libres que le dejan las tragedias humanitarias en que se involucró y tiene sin resolver en Venezuela, Ucrania, Medio Oriente, Irán y focos varios.
Planteado el reclamo en modo descalabro, pareció que el omnímodo Trump dominaba la escena con la materialidad gruesa de su protagonismo.
Y sin embargo, entre los peñascos helados surgieron definiciones estremecedoras, que volvieron a sentar el “querer vivir colectivo” que está en la base de toda fraternidad nacional. Una señora Tillie Martinussen, hasta ahora desconocida, apareció pronunciando un discurso que estremece, reordena e impulsa.
“Es un enorme error de cálculo pensar que los groenlandeses pueden ser comprados con dinero. No es así.
Incluso si nos dijeran: «100.000 dólares por persona», nunca renunciaríamos a la sanidad gratuita, nunca renunciaríamos a la educación gratuita, nunca renunciaríamos a formar parte de Europa, nunca renunciaríamos a nuestra soberanía, que tarde o temprano es nuestro objetivo.”
Y remató: “Estaremos aquí por cientos de años después de Donald Trump. Aunque nos invadiera, creo que simplemente lo esperaríamos como se espera el mal tiempo. Aquí todos saben que es el clima el que decide: Si llega una tormenta, nos refugiamos por un día o dos.
“Podríamos refugiarnos durante un año, dos años, o incluso diez o veinte años, y luego regresaríamos a Dinamarca tan pronto como Trump y los que son como él se hayan ido».
Ese amor al terruño y esa independencia a pesar de las debilidades retoman el argumento de vida que inspiró el nacimiento de la nacionalidad oriental como tierra de mujeres y hombres que querían ser dueños de sí mismos.
En una época empantanada en determinismos materialistas sin vuelo, esta clase de definiciones nos reconforta y nos confirma en lo mejor de nuestro patriotismo.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.