Con la caída de su séptimo Presidente en sólo 10 años, la hermana República del Perú se asoma cada vez más a un abismo cuyas alternativas son dramáticas.
El Congreso destituyó a José Jerí por sus reuniones con empresarios chinos –reuniones que eran tan clandestinas que el propio Presidente acudía a ellas en horas de la noche y camuflado, para que no lo reconocieran.
Hace una década, Ollanta Humala terminó su mandato constitucional y quedó preso por corrupción. Desde entonces, ninguno de los gobernantes logró terminar su mandato. El último presidente interino, José Jerí, duró apenas 130 días en el cargo, ya que el Congreso lo destituyó mediante una moción de censura, cuando faltan apeas dos meses para realizar elecciones generales.
La inestabilidad política es ahora lo habitual entre los peruanos, que han aceptado con asombrosa naturalidad que un día se levanten con un presidente y se vayan a dormir con otro.
De hecho, se ha confirmado el poder que tiene el Congreso peruano para poner y quitar presidentes, puesto que los mismos diputados que en octubre pasado destituyeron a Dina Boluarte por corrupción e incapacidad moral, ahora apartan a Jerí por vínculos non sanctos con negociantes de baja reputación.
El asunto podría considerarse anecdótico y hasta pintoresco, si no fuera institucionalmente deplorable.
El Perú es un gran país y el pueblo peruano es un gran pueblo. Ni el Estado peruano ni la nación peruana merecen que su democracia se degrade, que la política se desorganice y que a opinión púbica vaya cansándose de todos, quedando a merced del primer populista que la seduzca, con cantos de sirena de izquierda o de derecha –que eso ha pasado a ser secundario en u mundo do0nde la irracionalidad amenaza y avanza.
Los países de nuestra América Latina necesitan desarrollarse, y el primer requisito no es económico sino moral, político y constitucional: para crecer y expandirnos, el primer requisito es al recto funcionamiento de las instituciones, basado en la libertad y el enriquecimiento del diálogo político.
Eso no se consigue eligiendo presidentes sin estatura para el cargo ni volteándolos a la marchanta para elegir otro qu también fracasa.
Por eso y mucho más, como uruguayos con experiencia en dramas institucionales, debemos desear fervientemente que el Perú se encauce a partir de la elección presidencial que ha de cumplir dentro de nueve semanas. A todos nos hace falta que sea una democracia fuerte.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.