La vuelta a clases de este marzo de 2026 no es un regreso más ni es la expresión de una rutina más, que se obedece mecánicamente.
Este regreso a las aulas se singulariza por la dura noticia de que en este año -según indicó la directora de Inicial y Primaria, Gabriela Salsamendi- acuden a la escuela pública 15.000 niños menos que en el año pasado: lo cual es un efecto más de la baja natalidad de un país que se ocupa más de la muerte que de la vida.
Pero más allá de la baja del número de alumnos, el retorno a clase de este 2026 nos llama a la emoción de volver a soñar –como bien dice un lema de ANEP-, pero a soñar en un país cuya identidad de paz y libertad deberemos defender abriéndonos paso en un contexto mundial de amenazas, guerras y violaciones groseras del Derecho Internacional.
Cuando vemos la bandada de guardapolvos blancos que recorren calles y caminos para sentarse a aprender y levantarse a jugar, tenemos el deber de pensar todo el valor que encierra nuestra escuela laica, gratuita y obligatoria, en un mundo que aplica la tecnología del siglo XXI a provocar matanzas inicuas.
Más allá de la materialidad de que haya más o menos alumnos en la escuela pública debemos sentir cuánto vale la fraternidad nacional en comparación con los países gobernados por dictadores, con pueblos enteros desangrándose en guerras absurdas y con la mayor democracia del mundo manejada por un Presidente sin principios ni frenos.
En ese contexto de horrores y angustias, la vuelta a clase del Uruguay es un ejemplo, un símbolo y una esperanza para naciones que tienen mucho más población y mucho más Producto Bruto Interno.
Sí: con todas las frustraciones y todas las desgracias que nos trae a diario la crónica policial, seguimos siendo un país capaz de hermanarse en ideales comunes que, a pesar de todo, siguen enseñándose en las escuelas públicas y privadas, opuestas al fanatismo de los ayatolás y opuestas a los delirios de poder que ensangrientan al hemisferio norte.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.