Todos sabemos que las circunstancias nacionales no son fáciles. Y todos sentimos que la humanidad ha entrado en tragedias, por obra de fanáticos y desquiciados que mandan matar sin freno.
En consecuencia, todos debemos sentir que tenemos prohibido mirar para otro lado y refugiarnos en distracciones, porque lo amenazado es la persona en su esencia.
Amenazan a la persona todos los que desprestigian a la democracia, tan luego en esta época signada por atropelladores sin freno que asesinan sin piedad.
Frente a ello, es tiempo de asumir la responsabilidad de profundizar nuestras coincidencias, no sólo proclamando convicciones de base sino dándole impulso y motor a nuestro modo de vivir la legalidad y la libertad.
Con la humanidad desorientada y en llamas, no es momento para dejar que las palabras se ahuequen y se esfumen. Si a partir del caos primitivo el principio del cosmos fue el logos –el verbo, la palabra sensatamente discurrida-, a partir de este caos cuasi terminal en que ahora chapoteamos, el orden debemos reconstituirlo revisando conceptos para salvar lo mejor de lo humano, a pesar de todo.
No basta declarar en abstracto que se está del lado de la legalidad y se defiende la libertad. No basta, porque para sacudirnos la modorra cortoplacista que nos tiene viviendo en noria, se requiere no sólo la aceptación intelectual y teórica de los principios democráticos. Se requiere, además, un estado de alerta ciudadano, una vibración con el dolor de los semejantes y una voluntad férrea aplicada no sólo a sobrevivir sino a librar batallas por derogar injusticias y ennoblecer la vida del prójimo, cualquiera sea su condición.
Para eso, debemos recuperar los reflejos de la conciencia, de modo que el pensamiento sepa juzgar y marque fuerte sus indignaciones, para realizar en concreto los ideales que hoy se sepultan bajo miserias, drogas y bombardeos.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.