Desde su más tierna infancia, Jonathan Correa recibió palizas y torturas. El viernes 6 de febrero se olvidó de entrar a una de las perras pitbull para que amamantara a los cachorros. En castigo, el padre lo golpeó hasta asesinarlo y tirar el cadáver, todavía caliente, en una cuneta.
La Institución Nacional de Derechos Humanos declaró “su profundo pesar ante la muerte de Jonathan Correa, de 15 años, asesinado por su padre tras una prolongada situación de violencia intrafamiliar.” Y agregó: “Este hecho, profundamente doloroso, visibiliza la falla transversal del Estado y confirma la necesidad urgente de reformar el sistema de protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes.
“Esta muerte era evitable: reiteradamente, desde sus primeros años, se denunció la situación de violencia que padecía sin que el Estado haya logrado llegar a tiempo para proteger su vida y su integridad. Se trata de un ejemplo particularmente triste de… las graves debilidades del sistema de protección a la infancia y la adolescencia en su sentido más amplio.”
Todo eso es desgarradoramente sincero. Es necesario, pero no suficiente, porque ninguna coordinación basta para restituirnos el movimiento si perdimos la espontaneidad de los reflejos.
Las normas de gestión, ahora llamadas protocolos, diluyen las responsabilidades al distanciar la mirada del que suplica y la del decide, que deja de sentirse protagonista y se deja llamar operador. La reflexión jurídica, económica y hasta familiar se acota a lo que hay, asomándose cada vez menos a lo vital infinito de lo que debe ser.
Si no queremos ser coautores de nuevos asesinatos Jonathan, el Uruguay debe salir de la modorra y el acostumbramiento a transitar entre desechos humanos que viven en andrajos; y debe salir de la modorra y el acostumbramiento a aceptar callados los crímenes que se cometen en nuestra comarca y las atrocidades que azotan el mundo.
Las instituciones fallan porque las conciencias se insensibilizan, achicando cada yo personal por falta de ejercicio de su libertad y habituándolo a que los protocolos formales disuelvan los resortes de la voluntad en el ácido nítrico de la indiferencia. ¡Y sin voluntad no rige el Derecho, como enseñaron a la vez el alemán Ihering y nuestro inolvidable Justino Jiménez de Aréchaga!
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.