La captura de Sebastián Marset –nombre repulsivamente célebre en la crónica internacional- no es un triunfo más de la colaboración policial por encima de las fronteras. A los uruguayos no debe resbalarnos como una anécdota más de la telenovela de narcotráfico que en esta semana le hace de telonera a los espantos de las guerras que nos ensangrientan el alma.

Como bien escribe el abogado Pablo Caffarelli en Opinar de hoy, la caída de Marset nos “mezcla sensaciones”, generándonos “alivio y vergüenza al mismo tiempo: alivio porque cayó un criminal que logró burlar a policías, jueces y gobiernos; y vergüenza porque ese criminal llevaba un pasaporte uruguayo y, durante demasiado tiempo, fue presentado en el exterior como uno de los rostros más visibles del crimen organizado surgido en nuestro país”.

Hasta hace cinco días, “Marset no era un delincuente más. Para las agencias internacionales antidrogas era el líder de una estructura criminal transnacional que movía droga desde Sudamérica hacia Europa, con operaciones que llegaron a vincularse con cargamentos de decenas de toneladas y con la gigantesca investigación conocida como “A Ultranza Py”. Las autoridades lo señalan como responsable de redes de tráfico que atravesaban Paraguay, Bolivia, Brasil y Europa, y que incluso habrían estado vinculadas a cargamentos récord de droga interceptados en puertos europeos.”

Y bien observa el Dr. Caffarelli que el asunto Marset no termina con la detención. En realidad, recién empieza porque cuando los investigadores estadounidenses rastreen el dinero, aparecerán preguntas que a los uruguayos tienen que dolernos, porque “el narcotráfico moderno no vive solo de la violencia. Vive —sobre todo— del dinero. Y el dinero necesita circular, convertirse en inversiones aparentemente legales, infiltrarse en empresas, bienes raíces, emprendimientos o circuitos financieros”, lo cual hace que la historia deje de ser policial para transformarse en política y social.

¿Dónde se lavaba ese dinero? ¿En qué inversiones terminó? ¿Quiénes participaron —consciente o inconscientemente— en esos circuitos?

Esas preguntas hoy ni se plantean. Pero van a surgir naturalmente, y esperemos saber toda la verdad, sin los recortes con que, a gatas,supimos cómo pudo irresponsablemente mandársele un pasaporte uruguayo auténtico para ayudar a sacarlo de la cárcel a donde estaba debidamente preso, precisamente por haber falsificado el pasaporte paraguayo –es decir, mercosureño- con el cual había entrado a los Emiratos Árabes.

Por todo eso y mucho más, como muy bien dice Caffarelli, “la verdadera batalla no termina con la captura de un capo: empieza cuando el sistema decide mirar de frente el rastro del dinero” y –agregamos nosotros- cuando todos resolvemos mirar de frente los rostros del dinero conseguido envenenando al prójimo.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.