El Viernes Santo –día de la pasión y muerte de Jesús- y el Domingo de Gloria – Día de la Resurrección- son dos festividades mayores del calendario gragoriano, que el Uruguay no celebra oficialmente porque nuestra República es laica, pero que nuestra ciudadanía homenajea con la inactividad más rigurosa de la Semana que, en nuestro lenguaje, llamamos la Semana de turismo.
La tradición espontánea ha hecho que la jornada del Viernes sea la más respetada de los siete días de feriado que nuestro país se regaló cuando, por ley del año 1919, dispuso cambiarle el nombre a los feriados religiosos pero respetarles la fecha y respetarla conciencia los creyentes tanto como la de los no creyentes.
El asunto sería nada más que una curiosidad histórica o una solución de compromiso conseguida en este rincón del mundo, si no fuera que hoy –en pleno siglo XXI- existen persecuciones y guerras desencadenadas por causas de fanatismos con base religiosa, y hasta existen Estados, como Irán, cuyos gobernantes basan su poder en la aceptación pública de que ellos representan la voluntad de su Dios; y lo que es peor, hasta existen legislaciones que condenan a muerte, matan y mandan matar en el nombre de Dios.
Cuando confrontamos los extravíos que hoy ensangrientan a la humanidad con la filosofía de vida que en el Uruguay construimos al separar la Iglesia del Estado, tenemos motivos para sentirnos satisfechos yorgullosos.
Ese orgullo, que es las comparaciones es legítimo, merecerá acrecentarse el esperado día en que la convivencia entre creyentes y no creyentes se inspire en una conciencia plena de los valores del espíritu, que nos induzca a que –por encima de divergencias- todos juntos abracemos valores incondicionados.
El Uruguay necesita recuperar el alma que se le paralizó entre el exceso de análisis, la pereza mental y la insensibilidad resignada.
Por eso, el Viernes Santo estremece la fibra de los creyentes, pero a los muchos que piensan y sienten por cuenta propia los convoca a profundizar en el hambre y la sed de espíritu: un espíritu cuya ausencia nos tiene chapaleando barro, en una nación bendecida por instituciones de paz y libertad y por una noble tradición histórica de amnistía y reconciliación. Que es una forma terrenal de Resurrección.
Asílo siente y así lo afirma Radio Clarín.