En la última semana, ha sido tema nacional la condena a 12 años de cárcel dispuesta para Moisés Martínez, que mató a tiros a su padre, quien había sometido a su madre, y sobre todo a sus hermanas y a él mismo, a golpizas y abusos sexuales, incluidas violaciones que se repitieron hasta por 60 veces con una sola de las víctimas.

La condena tiene bases y argumentos legales. Fue razonadamente dictada por la Dra. María Noel Odriozola, una señora Juez consagrada a su tarea, que merece respeto por su trayectoria. En el fallo, denegó los 18 años de penitenciaría que pidió la Fiscalía, computó atenuantes pero no accedió a exonerarlo de pena, como pedía la defensa.

La resolución motivó fuertes críticas no sólo de la familia y de los movimientos feministas, sino de la opinión pública toda. Por encima de la legalidad de la sentencia, sobrevuela la piedad hacia el joven que días antes se había enterado de los horrores sufridos por sus hermanas, perpetrados por su progenitor, que amenazaba radicarse en Paysandú, junto al núcleo familiar del que había abusado hasta lo inenarrable.

En realidad, lo soportado por las víctimas nos estremece a todos, por lo cual suena excesivo, y hasta cruel, aplicarle 12 años de cárcel al hombre de bien devenido parricida. Pero el tema no se reduce a la singularidad del caso. Tiene que ver con las omisiones del Estado y con la esencia del Derecho.

Dijo muy bien el Dr. Pablo Caffarelli –abogado y escritor lúcido- que la historia de Moisés Martínez “No es una historia de violencia aislada, ni de un arrebato inexplicable. Es la crónica de un dolor acumulado, sedimentado durante años… Y aquí es donde el Derecho deja de ser letra fría para convertirse en un espejo incómodo, porque el Derecho no puede limitarse a la linealidad de las normas. Tiene —o debería tener— la obligación de comprender el espíritu de los hechos. De mirar más allá del expediente. De escuchar lo que no siempre está escrito en los papeles, pero que grita en la realidad.”

Y agregó el Dr. Caffarelli: “La justicia, en este caso, parece haber quedado atrapada en su propia estructura. Incapaz de salir del molde. Incapaz de sentir…Moisés no es el origen de esta historia. Es su consecuencia. Y tal vez ahí radique el mayor fracaso: en no haber sabido ver que, cuando el Estado llega tarde —o no llega—, la tragedia no se evita, solo se transforma.” Por lo cual, debemos tener el coraje de admitir que, en esta historia, la justicia no sólo falló en la sentencia: empezó fallando –fracasando- mucho antes.”

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.