Una expedición encabezada por el explorador estadounidense Josh Gates localizó frente a la costa de la isla de Luzón, en Filipinas, los restos del carguero japonés Hofuku Maru, que fue hundido durante la Segunda Guerra Mundial, mientras transportaba al Japón más de mil prisioneros de guerra británicos y holandeses, integrando la flota conocida como “los barcos del infierno”.
Los restos fueron encontrados a sólo 50 metros de profundidad, pero demoraron en identificarse los 81 años que han corrido desde que terminó la mayor conflagración de la historia.
Por lo que ahora se va revelando, los pilotos aliados que combatían contra Alemania y Japón atacaron el convoy que navegaba por las Islas Filipinas, sin saber que en sus bodegas mal vivía, hacinado, más de un millar de prisioneros de guerra. Por lo cual, cuando el buque fue alcanzado por fuego enemigo, murieron más de 1040 prisioneros, cuya única sepultura fue un lugar desconocido del mar.
Lo tardío del hallazgo lo convierte en una curiosidad histórica. Al aportar nuevas respuestas sobre uno de los episodios más trágicos de la guerra, representa un cierre histórico para lo que hoy queda de las familias de las víctimas, que durante ocho décadas desconocieron el destino final de sus seres queridos.
Pero para la humana sensibilidad la aparición de este cementerio marino no debe ser un cierre, sino una apertura que nos lleve a sentir y valorar hasta qué punto la guerra siembra horrores y es una verdadera infamia.
Por lo cual, debemos deplorar y condenar las matanzas y las mutilaciones que se provocan en las múltiples guerras que azotan hoy a la humanidad.
Y debemos insistir en la construcción de un Derecho Internacional que garantice a las personas y los pueblos, en vez de asustarlos, achicarles el horizonte y someterlos a los caprichos de gobernantes fanáticos o delirantes.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.