Se cumplen hoy 24 años de la muerte de Alberto Castillo, voz de tango, milongas y candombes que llevó al mundo el repertorio de autores argentinos y uruguayos.

Nacido y criado en Matadero, en el colegio secundario organizaba bailes y en la Facultad de Medicina de la Plata cantaba en las fiestas de estudiantes. Entonces era EL JOVEN Alberto Salvador De Lucca Di Paola, hijo de italianos que hablaban cocoliche.

Al incorporarse en 1941 a la orquesta de Ricardo Tanturi, adquirió el nombre artístico de Alberto Castillo. Y desde 1945 se lanzó con orquesta propia, constituyéndose en El Cantor de los Cien Barrios Porteños, que iba a concitar multitudes no sólo en su Argentina natal, sino también en el Uruguay, en Chile, en toda América y en toda España.

Su voz y su acento fueron y siguen siendo inconfundibles.

Pero Alberto Castillo merece recordarse no sólo como cantante versátil y como resonancia de los mejores sentimientos populares, porque, además de entretener y divertir, su arte sembró afecto y valores.

Su repertorio y su imagen se edificaron desde amores sanos y con valores nobles. Tangos como “Ninguna” y “La que murió en París” enseñan a amar. Tangos como “Buzón” y “Se lustra señor” llaman a trabajar y a admirar el esfuerzo del que lucha desde abajo. Temas como “Pobre mi madre querida” se dirigen a la conciencia. Candombes uruguayos como “Siga el baile” y “Candela” levantan el ánimo.

Por haber cantado en el viejo teatro Artigas, en el parador del Cerro y en tablados carnavaleros de innumerables rincones uruguayos, Alberto Castillo merece ser recordado como artista.

Y por haber cultivado un repertorio amplísimo -abierto a la sensibilidad de cada región que visitaba- pero congruente, y por haberse prodigado hasta expresar sentimientos más allá de la garganta y las décadas, Castillo es un símbolo de todo el arte popular que debemos defender como acervo y patrimonio nacional que nos da identidad.

Es que el arte popular es la nación misma.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.