En la madrugada, un niño de 12 años fue baleado y murió inmediatamente, por consecuencia de un tiroteo súbito que ensangrentó las picadas automovilísticas que –sin permiso y sin control- se desarrollaban en la Rambla del Parque Rodó, entre las canteras, en las inmediaciones del Teatro de Verano Ramón Collazo, cerca del semáforo que da acceso a la avenida Julio María Sosa.
En la incidencia, cinco personas fueron heridas: cuatro de ellas trasladadas de urgencia al hospital Pasteur y una al Pereira Rossell.
Según informes primarios, el asesinato estaría enmarcado en las brutalidades del crimen organizado.
En el primer semestre de 2026, el Ministerio del Interior de Uruguay registró ocho menores de edad (niños, niñas y adolescentes) que resultaron asesinados, incluyendo un bebé victimizado en el último mes de abril.
A esos ocho asesinatos de menores se sumó el 11 de julio la muerte de una adolescente de 17 años, que fue una de las cinco víctimas fatales del horrendo episodio ocurrido en el barrio El Monarca.
A eso se suma el caso de esta madrugada en las canteras del Parque Rodó, con lo cual llegamos a DIEZ menores muertos a tiros en treinta semanas, lo que arroja un promedio de más de tres chicos acribillados cada diez semanas.
Pues bien. Lo que hay que deplorar no es el promedio contabilizado en los registros policiales. Lo que hay que lamentar es cada uno de los asesinatos, valorándolo como tragedia del que se va y tragedia de quienes lo quisieron.
Reduciendo el crimen organizado a una cuestión de estadísticas, el Uruguay se ha ido acostumbrando a no emocionarse, a no conmoverse y a tragar saliva y quedarse callado ante la criminalidad de origen narco.
Es tiempo de dejar el silencio y atronar con el reclamo de que la policía sea eficaz, la Justicia penal vuelva a quedar en manos de los jueces y la educación moral venza a la sordidez de las mafias.
Todo eso es posible en una democracia que fortalezca a la opinión pública.
Así lo afirma y así lo reclama Radio Clarín.