La serie *Tres por ciento” fue la primera producción brasileña estrenada en Netflix hace una década. Enmarcada en el género de ciencia-ficción, el guion -escrito por Pedro Aguilera- se destaca y nos golpea por su realismo.

Entre el miedo y la emoción, miles de jóvenes de veinte años —vestidos con ropa sucia y harapienta— recorren las calles oscuras y deterioradas de una zona devastada por desastres, que retrata a una *favela* brasileña.

Todos los jóvenes se dirigen a un edificio futurista para someterse a lo que llaman «el Proceso»:, una serie de pruebas que determinarán que apenas un 3 % de ellos será elegido para admitirlo en la isla *Offshore*, un paraíso de alta tecnología que les promete enriquecerlos, porque allí reina la abundancia. La serie sigue la vida de cinco candidatos que se enfrentan a un protocolo de selección que les resulta agotador, absurdo y hasta despiadado.

La historia denuncia las dificultades que el Brasil opone al ascenso social de los jóvenes nacidos fuera del circuito de la riqueza. Según un informe de Oxfam realizado en el año 2024, el 63 % de la riqueza total está en manos de una élite que representa apenas el 1 % de la población; un grupo al que resulta casi imposible entrar.

Según el Atlas de Movilidad Social en Brasil, elaborado por la Universidad Federal de Pernambuco, las personas pertenecientes a la mitad más pobre de la población tienen apenas un 1,8 % de probabilidades de incorporarse al circuito fuerte de la abundancia.

Con distintas proporciones, esta realidad se repite en diversas latitudes de nuestra América.

Desde principios del siglo pasado, el Uruguay se constituyó en una honrosa excepción, cuando consagró la gratuidad de la enseñanza en todos los niveles, y cuando consagró el pase automático desde el bachillerato a la carrera que se hubiera elegido, sin tener que rendir examen de admisión para entrar en cupos selectos, como hasta ahora ocurre en otras naciones.

El proyecto nacional consagrado por la Constitución y las leyes de la República fue la igualación de las posibilidades para los jóvenes provenientes de todos los estratos de la sociedad.

Dolorosamente, empujados por la pereza y la drogadicción, en las últimas décadas se han formado bolsones de pobreza y desorientación, donde se crían niños y jóvenes con horizonte escaso y hasta nulo. Contra eso hay que luchar, volviendo a afirmar la educación como principal herramienta para el ascenso social.

Al fin y al cabo, es una obligación nacional tomar distancia de los sistemas retrógrados a los cuales no les importa el destino del prójimo.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.