Un edificio del casco histórico de Montevideo, que hasta hace unos años lucía limpio, estaba ocupado por familias y en la planta baja explotaba casas de comercio atendidas por sus dueños, se convirtió en noticia al ser desalojado por haberse convertido en un refugio de delincuentes.

Fue un edificio elegante y, en los papeles, tiene un alto grado de protección patrimonial. A pocos metros de la Corte Electoral, a la vuelta del Café Brasilero y en la cuadra donde fueron tradicionales los Juzgados Civiles y ahora están los Juzgados de Trabajo, se había convertido simplemente en un tugurio.

En el cuarto piso funcionaba una boca de venta de drogas. Fuentes policiales dijeron al diario El País que allí se escondían muchos de los delincuentes que robaban y rapiñaban en el barrio. La Policía ya lo tenía identificado. Contaba con grabaciones de cámaras de video vigilancia que mostraban a delincuentes refugiándose en el edificio, pero no contaba con la autorización de la Justicia para ingresar… y mientras tanto, los comerciantes tenían que encararse con los vendedores de pasta base y la cuadra entera se había vuelto peligrosa para cualquiera que pasara por allí.

Pero lo grave no era sólo la delincuencia sino la residencia irregular de desvalidos convertidos en okupas, que mal vivían en deplorables condiciones habitacionales y sanitarias.

El Ministerio de Desarrollo Social (Mides) definió como prioritarias a 20 personas altamente vulnerables, principalmente madres y niños, que, con sus pertenencias, fueron derivadas a una casa del Mides, mientras otras personas fueron derivadas a refugios.

El Director Nacional de Protección Social, Daniel Gerhard, estuvo presente durante el desalojo. Aseguró que “nadie va a quedar en la calle” y, con toda razón, lamentó que “Los tiempos de los fallos judiciales y de las respuestas institucionales no se dan como deberían darse para evitar estas situaciones”.

En el Uruguay –y particularmente en Montevideo, hemos caído en dejadez y apatía, aceptando la decadencia de múltiples rincones por un acostumbramiento resignado que arma tugurios en cualquier rincón. La indiferencia de los ciudadanos, la inercia de la Justicia y la lentitud de las instituciones nos hacen convivir con bolsones de miseria moral y material.

Por lo cual, lo primero que debemos hacer es restablecer nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de respuesta, nuestros reflejos de nación asentada en valores humanistas que no debe transar con el infierno de la delincuencia ni con las inmundicias del abandono.

Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.