Tras su derrota en el balotaje, Flavio Bolsonaro huyó del Brasil y se refugió en Estados Unidos. Por afinidad ideológica con el Presidente Trump, logró la visa y la residencia que se le niega a miles de inmigrantes comunes.
El episodio hace escarnio de la democracia. Flavio Bolsonaro concitó el domingo el respaldo de más de 60 millones de ciudadanos, que sumaron el 48 % de los votantes. Enseguida de conocer la derrota, declaró ““Mi lugar está al lado del pueblo brasileño, enfrentando los desafíos del país”. Con semejante responsabilidad sobre sus hombros, no debió esconderse el lunes de tarde para salir del país en el secreto de las sombras, para refugiarse como si fuese un perseguido político, cuando lo que tenía enfrente eran indagaciones del Supremo Tribunal Federal por imputación de delitos comunes.
Flavio Bolsonaro debía responder a sospechas de haberse beneficiado con una trama de lavado de dinero a través de plataformas digitales de apuestas, a sospechas de desviar para su agenda política, millones de euros que obtuvo para hacer un documental sobre su padre preso por intentar un golpe de Estado y a sospechas de haber logrado financiación extranjera para su campaña presidencial finalmente fracasada.
Si era inocente, no era imposible enfrentar esas acusaciones y desmentirlas. Y si Flavio Bolsonaro había resuelto hacer vida pública como senador y como candidato a Presidente, su deber era enfrentar y no huir; por lo cual su fuga a las 24 horas de su derrota es un bochorno con proyección histórica.
En realidad, Flavio Bolsonaro más que una visa para sobrevivir en Estados Unidos lo que obtuvo fue la certificación mundial de su ineptitud absoluta para representar a un pueblo, para convivir en democracia y para sustentar un Estado de Derecho.
El episodio no debe resbalarnos como una macacada más de la política latinoamericana. No debe resbalarnos, porque indica un atrevimiento que sobrepasa la dimensión de lo que han sufrido nuestros pueblos. Es una osadía que atenta contra la esperanza de los votantes que creyeron en el candidato que hoy es un simple prófugo. Es un acto de burla sangrienta a la fe pública, sin la cual la libertad y el Derecho resultan imposibles.
Por eso, desde nuestros valores democráticos los uruguayos –por encima de izquierdas y derechas- debemos repudiar la fuga de este candidato que traicionó a sus votantes y al Brasil que quería gobernar.
Así lo siente y así lo afirma Radio Clarín.